¡Bienvenidos!

¡Hola a todos!

La necesidad de publicar algunos relatos, anécdotas, crónicas y otras locuras originó que creara este blog.

El estar en otro país donde pocos hablan español y tener horas sobrantes por primera vez en mi vida hicieron que viajara por las rutas del recuerdo y encontrara el siempre postergado deseo de escribir.

Una vez que la escritura empezó a ocupar mi mente, encontré Literautas.com, un lugar ideal para crecer en la letras. De allí salieron mis primeros relatos. Por ello, felicito a Íria y Tomeu quienes están al frente del taller y por tener tan bella idea. Agradezco también al escritor José Alejandro Felipe Valencia-Arenas Abruzzese, quien dirige el Taller Internacional de Escritura Narrativa, al que estoy adscrita y es quien sigue de cerca mis relatos.

Espero llenar las expectativas de los lectores y, si no es así, espero que me escriban para mejorar mi forma de narrar.

Gracias.

e-mail: rallpas@hotmail.com

Peter

Pilar y yo fuimos a una fiesta. Allí estaba Juan, quien me hacía ojitos desde que nuestras miradas se cruzaron; era el más bajito, pero el más guapo de todos. Me invitó a bailar y, cuando terminó la pieza nos sentamos juntos.

Pilar, mientras tanto, trataba en vano de convencer a Ramón para que la saque a bailar. De pronto, ella vino hacia mí y me susurró al oído:

—Préstame tu lápiz labial.                                                 7753612-1

—Bien. Está en mi cartera. Esa, al lado de la tuya —le señalé.

—Gracias.

Comenzó a buscar y, sacando lo que ella creía que era, leyó la bolsa que lo contenía:

«¡Peter! ¡Qué nombre tan raro para ponerle a un pintalabios!».

Me di cuenta de lo que tenía entre manos, me abalancé hacia ella con desesperación y antes de llegar a rescatar a mi Peter resbalé causándole el mayor arañazo de su vida. Peter salió disparado de la bolsita que lo albergaba y todos se dieron cuenta de qué se trataba.

Ahora estamos en la clínica atendiéndonos de nuestras heridas: Pilar, de la mano y yo, de mis rodillas. Todo por Peter, mi dildo.

Una vena de lavanda

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Repasé mentalmente la mañana del último veintiocho de junio cuando los rayos del sol se escapaban tibios y la algarabía reinaba en el grupo. Nuestros pies avanzaban acompasados, nuestras manos enarbolaban estandartes multicolores, íbamos dejando el aroma a lavanda por las calles llenas de historia. La gente, apostada en las veredas, curvaba sus labios y aplaudía. Extendí una larga línea imaginaria que me llevó por claros y penumbras hasta llegar a la antigüedad, a ese tiempo en que todos éramos aceptados. Luego, divagué por siglos de silencio y ocultamiento porque los comprometidos con el evangelio nos llamaron pecadores y fuimos echados a la hoguera, sin piedad. Culpados de enfermedades y pestes; más tarde, acusados de delincuentes, condenados a la cárcel y tratados con pastillas para que seamos “normales”. A pocos años de ahora, científicos opinaron que éramos enfermos mentales y con rezos y bendiciones fuimos enviados al psiquiatra.

¿Hicimos daño a alguien, alguna vez? Moví la cabeza negando al tiempo que escuchaba:

—Juan. ¿Aceptas como esposo a José Montes?

—Sí, acepto —respondí, con orgullo.

Me pellizqué la mano y exclamé:

—¡Esto no es una utopía!

El cerro de los vientos

Cuando nacimos, el pueblo emitió un veredicto fatal: «Esto es de mal agüero», dijeron. Mi padre, entonces, me llevó a Lima para que me operaran y sacaran los dedos que me sobraban. Luego me dijo: «No temas, tú estás destinado a realizar grandes hazañas». Pero, las cosas empezaron a cambiar para mal, el terrorismo llegó y perdimos nuestras cosechas. Los pobladores nos culparon a ti y a mí. Y tú, Francisco, te fuiste a la capital para que te arreglaran el hueco que tenías en la nariz y la boca, y no volviste más.

Mi padre murió y mi madre, consumida por la tristeza, lo siguió. Cuando el terrorismo llegó a su fin, nuestro pueblo quedó reducido. Los pocos habitantes que quedaban siguieron cosechando papas para sobrevivir. Si antes teníamos agua y luz por horas, después parecía una aldea fantasma. Por las noches, la oscuridad aterraba; yo me iba al cerro, allí donde jugábamos a volar nuestras cometas, allí donde el viento se llevaba nuestros lamentos de niños malditos.

Después conocí a Ricardo, el primo de Juan. Él vino de Lima y me contó que en el lugar donde vivía no tenían agua, que debían comprarla. ¡Increíble, en pleno Lima! Me dijo que su tío había inventado un “atrapanieblas” y con eso, había obtenido agua, convirtiendo el desierto que los albergaba en un paisaje verde. Ahora, dice que se ayudan con la venta de las hortalizas que cosechan.

Esto me animó a contarle mi secreto. Le mostré lo que estaba haciendo, empeñado en devolver la alegría al pueblo. Quizás, al inicio pensó que yo era un loco. Es que, cuando fui a Lima de niño, mi papá me compró una bicicleta. Recuerdo que la desarmé, porque quería saber de dónde provenía una luz que de ella salía. Mi viejo se molestó mucho, pero yo aprendí algo de aquello.

Ricardo, con sus ojos pequeñitos, me miró entusiasmado. Le mostré lo que había construido: una especie de generador utilizando madera, metal y algunos imanes. Él me ayudó a construir las aspas y a llevarlas hacia el cerro de los vientos. Las instalamos allí, parecían guardianes gigantes del pueblo. La gente nos miraba incrédula. El viento movió las aspas y ellos no comprendían qué hacíamos allí. Luego conectamos el generador. Al atardecer pudimos escuchar la radio, aquella que estaba de adorno en muchos hogares. Los parroquianos estaban sorprendidos. Pero, lo que sucedió en la noche fue una locura, la casa se iluminó, parecía que mil luciérnagas se habían instalado en ella. Las semanas siguientes tuvimos mucho trabajo. Comenzó a funcionar la emisora radial, algunos televisores ya tenían imágenes y las pequeñas refrigeradoras empezaron a conservar los alimentos.

El viento también llevó las noticias orales y la compañía de electricidad vino a contactarnos y autoridades de otros pueblos nos pidieron ayuda. Pero, lo mejor de todo, fue que el colegio iba a volver a funcionar, pronto vendría un maestro.

El profesor llegó. ¡Eras tú, Francisco! Muchos ni se dieron cuenta de la cicatriz en tus labios. Además, hablabas correctamente. Nos abrazamos como si el tiempo no hubiese pasado. Nos fuimos al cerro a sentir el viento, ese que antaño llevaba nuestras cometas y sueños, nuestras penurias y lamentos. Nos pusimos a contemplar el cerro de los vientos, allí las aspas se movían alrededor de su eje y partían los rayos del sol, parecían las ruedas de mi bicicleta girando y prendiendo luces de colores.

«Tu padre tenía razón», me dijo Francisco, dándome una palmada en la espalda.

Sonreímos. El viento enmarañó nuestros cabellos. El futuro de nuestro pueblo por primera vez era promisorio.021

Lilou

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Cruzamos corriendo la terminal del Aeropuerto Internacional de San Francisco. Al llegar a la plataforma nuestras esperanzas se desvanecieron. Habíamos perdido el vuelo. Volteé y le increpé: «Fue tu culpa, ¿por qué te demoraste tanto?». Claudia calló.

El siguiente vuelo saldría en cuatro horas.

Molesto, me dirigí al baño. Al salir, caminé hacia la sala de espera, Claudia estaba entre el grupo de personas arremolinadas alrededor de… ¿¡Una cerda!?, llevaba tutú, pezuñas pintadas, un distintivo decía «Lilou», su hocico parecía sonreír.

Claudia lucía serena acariciando al animal. La escena me enterneció, hice lo mismo; la rabia se difuminó. Entonces reflexioné: «Fui yo quien causó la demora, le pedí que leyera el informe y me diera su parecer».

Sentí su perfume, besé su cabello.

—Perdóname —dije.

—Esta noche tuve tanto miedo cuando apurabas el taxi… —respondió.

«Lilou, quien forma parte del programa de terapia asistida con animales, había logrado su cometido».

Niño costero

Querido hijo:

Me pregunto cómo estás. Cómo está la casa. Cómo haces para ir a la universidad. Hoy más que nunca estoy pegada al ordenador, pues el Fenómeno del Niño, denominado Niño Costero en el país, está haciendo desmanes. Sé que por donde vivimos quedaron bloqueadas dos entradas, de las tres que tenemos, porque los ríos aledaños las han obstruido. Cortaron el agua potable y encarecieron los alimentos.

Te cuento que descubrí un vídeo que me sobrecogió. Era la noticia de un huaico. El crecido río, turbio por el barro, se llevaba todo a su paso a una velocidad increíble. La gente apostada a la orilla del lecho, trataba en vano de hacer algo, pero todo era inútil, solo veían la escena y otros filmaban con el celular. A pocos metros, se encontraba el puente Sedapal, convertido ahora en una gran boca abierta, que recibía al torrente enloquecido tragándose todo: árboles, maderas, palos de diferentes tamaños, animales muertos y algunos, aún vivos. ¡Qué horror! Escuché voces que gritaban que todo lo que pasaba por debajo del puente iba a una especie de desnivel y, en un movimiento tipo licuadora emergían los escombros hechos papilla. Me estremecí.

Cerca de la orilla asomaban los cuernos de un toro que luchaba por no ser arrastrado por la corriente, su cabeza emergía tratando de respirar por encima del lodo que cubría su cuerpo. De pronto, las voces anunciaron desesperadas que había una persona. ¡Sí! En el paisaje marrón, entre maderas y palos, unas piernas se movían luchando con desesperación. Hijo mío, mi corazón empezó a latir a mil. ¡Sí, era una persona! La gente que la veía no sabía qué hacer. ¡Qué impotencia! En ese momento y, para horror de todos, las aguas turbias traían un contenedor de madera inmenso a toda velocidad con dirección a la boca del puente. «Este container se llevará todo a su paso», pensé con angustia. «¡Dios mío, no puede ser!», gritó la gente. «No, por favor», rogaban.

El armatoste pasó sin ver a nadie quedando atascado por unos momentos en el puente, mientras se acomodaba para ser tragado; esto hizo que el lodo que lo seguía formase una ola y empujara hacia la orilla los palos y maderas inertes. Entonces, mientras la garganta recibía al contenedor haciéndolo añicos, aparecieron unos brazos entre las tablas, unas piernas trataron de pararse. ¡¿Era una mujer?! Sí, una mujer pequeña, cuyo cabello largo se resistía a salir del lodo y, cuyas prendas de la parte inferior habían sido arrebatadas por la furia del agua en su viaje de dos kilómetros. Sus manos se aferraron a los palos, puso las rodillas en estos y haciendo acopio de fuerza, se incorporó, dio unos pasos por las maderas que temblaban inseguras y cayó. Se volvió a parar y surgió moldeada en barro cual estatua viviente y caminó hacia la orilla donde unas manos se apresuraron a ayudarla. Más allá, el toro salía por sus propios medios con los ojos inmensamente abiertos por el horror vivido.

No sabes hijo mío, mi corazón se volvió pequeño hasta dolerme por la angustia de ver esas imágenes, los ojos se me llenaron de lágrimas, la respiración se me entrecortó y con los sentimientos alborotados salí de la casa y grité para sacar mi aflicción. El viento refrescó mi rostro y llevó mi alarido hasta nuestro país que se inunda y revuelca en el lodo por la inoperancia de autoridades que no supieron prevenir. Grité por la mujer de barro y por ti, hijo.  peru-la-mujer-que-se-volvio-el-rostro-de-la-tragedia-543276

Te amo,

Mamá

 

 

 

Micro relatos

Sentimientos

En ese momento estalló el matraz de vidrio como una frágil pompa de jabón y ya no pude seguir con mis deberes de química. Era la cuarta vez que abortaba el experimento, sentí frustración. Es que es casi imposible esconder los sentimientos de pesadumbre después de la muerte de la abuela. Quedó el aire enrarecido y nosotros seguimos respirando confundidos esa incapacidad de cambiar los acontecimientos.

La habíamos amado tanto…

Muñecas

Apenas ella nació, su padre miró al dueño de la hacienda, asintiendo. Pasaron trece años, y aún cuando ella jugaba con muñecas fue obligada a desligarse de su familia para cumplir con el compromiso pactado. Tuvo catorce hijos, siete varones y siete niñas.

Transcurrieron cuarenta años y cuando su marido murió, ella se atrevió a abrir el cajón donde estaban sus muñecas y llorando les dijo cuánto las había extrañado.

Cosas eternas

Rompí el antiguo jarrón de porcelana china de mi abuela y con él se quebró mi tranquilidad para siempre.

Decisión

Él estaba tranquilamente sentado mientras ella le apuntaba con una pistola. Le había pedido que apriete el gatillo porque la vida ya no tenía sentido, estaba atrapado en una silla de ruedas y sentía el dolor carcomiéndole el alma cada segundo. Ya lo habían hablado desde que se casaron augurando quizás un futuro semejante para cualquiera de los dos. Pero, a él le tocó estar en el banquillo y a ella ser el verdugo.

«No puedo», le dijo ella bajando el arma.

Estaba temblando, tuvo el valor de apuntar la sien de su marido, pero de pronto sintió un amor infinito, compasión, ternura, miedo, cobardía y…, no pudo gatillar.

 

 

El grito de un desaparecido

Susana esperaba en un banco del cementerio, muy cerca de la entrada. Había llegado temprano y fue inevitable ver a personas que ingresaban o salían con la tristeza del alma reflejada en los ojos. Allí, sola, su mente divagó hacia su querido pueblo, al día en que irrumpieron unos marinos en su pequeña casa, allá por el año 1992:

«—¡Por favor, papito, no me mates!, ¡por favorcito, te lo ruego! —Fue la súplica al militar que abrió la puerta de un puntapié. Se arrodilló y cogió las piernas de este en un abrazo desesperado. Sus ojos, como tormentas, imploraron sosiego, mientras otros uniformados entraban con las armas en mano, escudriñando la casa.

—¡Suéltame, mujer!, no hemos venido para eso.

—¡Estamos solas! A nuestros esposos ya se los llevaron —balbució Susana.

Aparecieron dos mujeres más, estaban escondidas en la cocina, temerosas cubrían a sus hijas con los brazos. Los militares, con las narices abiertas de furia, se alejaron».

Su cuerpo tembló, un frío helado recorrió su espalda y sintió que el corazón se le encogía hasta dolerle. Recordó que días antes de ese episodio, su esposo había sido llevado a rastras por militares para interrogarlo. El miedo se convirtió en su compañero constante mientras esperaba su retorno, el que nunca se dio. No hubo explicaciones ni desagravios. Nada.

Días después, la angustia se apoderó de ella y casi sin pensarlo, cargó a sus dos hijas y huyó hacia Lima. Allí, familias de desaparecidos marchaban por las calles pidiendo justicia; se unió a estas. Pronto se dio cuenta que su aguerrida voz retumbaba contracorriente: ¿Cómo pedir justicia a aquellos que cometían injusticias? ¿Cómo señalar a los uniformados si estos habían sido enviados para proteger y dar seguridad a los pueblos de los Andes? Su marido, entonces, se sumó a la lista de desaparecidos: uno, de los quince mil.

Sintió el frío de la tarde siempre gris de Lima. Esperaba con ansias a aquellas mujeres cuyos esposos e hijos seguían desaparecidos y a otras, cuyos parientes estaban enterrados en el cementerio, pues los cuerpos habían sido hallados gracias al soplo de algunos militares a la prensa. Los culpables tenían rostro militar y del gobierno. Y ya identificados, estaban siendo juzgados.

Llegó María, la esposa de Justo, para sacarla del marasmo de sus recuerdos.

—Tengo buenas noticias, en estos momentos se está realizando una inspección judicial en el Cuartel General del Ejército o Pentagonito, como lo llaman. pentagonito-Noticia-731692

—¿No será una más de las tantas inspecciones que no llegarán a nada?

—No, esta vez van en busca de pruebas. Tú sabes que, desde el 2002, tienen los archivos de civiles que entraban en las cárceles del Pentagonito. Allí, los torturaban; algunos lograban salir, pero otros, no.

—Precisamente estaba recordando que han pasado doce años de la desaparición de mi esposo y aún no hay forma de castigar a los responsables.

Se quedaron pensativas, habían envejecido esperando, pero la sed de justicia estaba intacta.

—¿Por qué demoran tanto? ¿Será por la hora peruana? ¿Una hora después de la cita?

Efectivamente, una hora después, aparecieron. Venían Rosa y otras mujeres, blandiendo sonrisas.

—Nos demoramos, pues estábamos a la espera de noticias.

—¿Y? —Sus ojos se llenaron de preguntas—. ¿Qué pasó?

—Inspeccionaron el horno del Servicio de Inteligencia del Ejército, ese que los militares argumentaban que solo quemaban papeles.

—¿Un horno de mil grados centígrados para quemar papeles? ¡A otro perro con ese hueso!

—Exacto. ¿Querían noticias? Aquí las tenemos: ¡Encontraron una falange! —dijeron a coro.

—¿Qué?

—¡Una falange!, dicen que es la del dedo índice de la mano. Estaba en el horno, entre las cenizas. Los peritos lo constataron.

—¿Están seguras?

—Sí, lo dijeron hasta por televisión.

El júbilo se desató en el cementerio. Cogidas de las manos, alzaban los pies y los hacían caer de un lugar a otro desordenados, mientras que, aparecían amplias sonrisas en sus caras mustias. La esperanza las unió en un solo pensamiento: «Habrá justicia».

—¡Vamos a rezar por los muertos que descansan en esta morada! —dijo Rosa—. Ya sabremos a quién pertenece la falange.

Doce años más tuvieron que esperar para que llegara la justicia. El cuerpo del esposo de Susana, como muchos otros, nunca fue hallado. Tampoco se supo la identidad del dueño de la falange. Pero, el hecho de que los responsables terminaran en la cárcel, era ya, una victoria.

Ascendencia

Vannia                                                                                                                 Dedicado a mi hija, Vannia.

La experiencia más alucinante y maravillosa, puedo decir con justeza, fue cuando nació mi hija. Desde el embarazo todo fue bastante sui géneris. No tuve los síntomas clásicos, es decir, no hubo náuseas, vómitos, ni mareos; por lo tanto, no bajé ni subí excesivamente de peso. Fui un ejemplo de cómo se debe llevar una buena gestación, con resultados de análisis y presión arterial normales, sin edemas, sin cloasma, ni cansancio ni sueño; por el contrario, desarrollé un cuerpo fuerte, contorneado y, hasta los siete meses no tuve necesidad de usar ropa de maternidad. Mi piel se blanqueó, mi cabello largo y ondulado se puso más leonino y jamás tuve una imagen tan sexy como cuando estuve grávida.

Cuando llegaron las primeras contracciones supe que el parto estaba en camino. Vivía a escasas siete cuadras del hospital, así que cogí mi maletín y me lancé a la calle a caminar.

—¿Estás loca? —dijo mi madre.

—No —respondí—, no quiero que me evalúen y digan que no estoy en trabajo de parto. Me regresarían a casa. Caminar será de gran ayuda.

Me dirigí hacia la amplia avenida entre contracciones que iban y venían, respiraciones con inspiración profunda y espiración lenta. Iba deteniéndome en los jardines de la alameda aspirando el aroma de las flores, sintiendo el viento suave en mi rostro, conteniendo el temor de ser primeriza en estas lides. La gente transitaba despreocupada, los automovilistas pasaban ajenos a mi estado y pronto llegué a mi destino. Después de la evaluación me pasaron al ambiente de trabajo de parto.

«La sala de partos es, sin duda, lo más cercano a un salón de torturas», pensé. Los quejidos, gritos y llantos de las parturientas se confundían con las arengas del personal que de manera demandante decían: puje, respire, aguante la respiración, no puje. ¡Qué pandemonio! El olor a sangre unido al del desinfectante dieron cuenta de mí como la nueva víctima y pensé con absoluto temor: «¿Cuándo estaré como las demás?».

Los dolores eran fuertes, pero pasajeros y me concentré en lo transitorio de estos. Así que, cuando venía el alacrán presionando con sus garras mi abdomen, sabía que bien pronto me iba a soltar y todo iba a volver a la calma. Pero, el clamor de otras víctimas hacía que yo me preguntara: «¿Cuándo llegarán los dolores más fuertes?».

Nunca llegaron, lo que arribó fue el irresistible deseo de pujar. Entre sorprendida y asustada llamé al médico y este dijo:

—No hay tiempo. Tendrá su bebé en la cama. Puje por favor.

—No tengo ganas —contesté.

—Entonces creo que puede caminar.

Caminé airosa hacia la mesa de partos, pero antes de acomodarme en ella, sentí una contracción tan fuerte que mis piernas se doblaron y, cuando iba a quedarme en cuclillas recordé lo mucho que se criticaba a las parturientas cuando adoptaban esta posición. Comprendí lo injusto del hecho, pues el instinto señalaba ser la más natural.

Instalada en la mesa de partos, pujé y salió mi pequeña hija al mundo exterior llorando fuerte, moviendo brazos y piernas vigorosamente. Sentí el acto como un milagro y se me humedecieron los ojos. ¿Cómo una mujer puede tener dentro de sí la vida de otro ser? ¿Es que tenemos una facultad natural, grandiosa de crear vida? No salía de mi asombro cuando me la dieron y sentí un calor movedizo entre mis brazos. La miré, estaba rubicunda e intentaba abrir los ojos sin conseguirlo. Pronto, se acomodó y se quedó tranquila, creo que se durmió. Yo también quise descansar y no sentí cuando se la llevaron.

Dormí toda la noche. Al día siguiente me la trajeron. ¡Estaba hermosa! Quizás para una madre todos los hijos sean agraciados, pero la mía, realmente lo era.

La familia reunida trataba de encontrar algún parecido entre los ancestros de uno u otro. Pero, mi hija no se parecía a nadie, ¡era tan blanca!, con un mechón de pelo ralo y las cejas rubias no indicaban que se pareciera a mi familia, tampoco a la de mi pareja, aunque quién sabe. Yo siempre me había adjudicado una raza andina. Cuando me preguntaban por el origen de mi apellido mencionaba que era autóctono. Me miraban, levantaban una ceja para luego aceptarlo. Sabía que mi aspecto más parecía asiático por el epicanto en mis ojos, pero el cabello ondulado descartaba esa ascendencia. Blanca no soy debido a las pecas y manchas que cubren mis mejillas, pero nunca me hice problemas en indagar mi origen, hasta que mi papá exclamó:

—Se parece a su tía.

—¿Cuál tía? —interrogué.

—Petita Apello.

—¿Quién es Petita Apello? —preguntamos todos sorprendidos. Jamás habíamos escuchado tal nombre y tampoco nunca mi padre había dicho que tuviésemos algún familiar italiano.

—Petita era italiana y… —balbució, sin convencimiento.

Nos reímos, pero nos reímos tanto que mi padre no dio ninguna explicación más.

Pasaron los años y siempre quise saber de esa tía Petita, pero mi padre selló sus labios y, nunca más aceptó preguntas al respecto. Mi hija creció y se incorporó al Ballet del Teatro Municipal de Lima. Cuando iba a verla bailar, la luz del escenario seguía su cuerpo níveo, su rostro armonioso, de nariz recta, algo respingona, ojos grandes, un poquitín achinada. Se deslizaba tan etérea haciendo piruetas y pasos difíciles, a la vez que delicados y con gracia. Entonces, recordaba a mi papá, que quizás tuvo razón, que tal vez hubo una tal Petita y Allpas derivó de Apello, pero nosotros, no lo supimos escuchar.