¡Bienvenidos!

¡Hola a todos!

La necesidad de publicar algunos relatos, anécdotas, crónicas y otras locuras originó que creara este blog.

El estar en otro país donde pocos hablan español y tener horas sobrantes por primera vez en mi vida hicieron que viajara por las rutas del recuerdo y encontrara el siempre postergado deseo de escribir.

Una vez que la escritura empezó a ocupar mi mente, encontré Literautas.com, un lugar ideal para crecer en la letras. De allí salieron mis primeros relatos. Por ello, felicito a Íria y Tomeu quienes están al frente del taller y por tener tan bella idea. Agradezco también al escritor José Alejandro Felipe Valencia-Arenas Abruzzese, quien dirige el Taller Internacional de Escritura Narrativa, al que estoy adscrita y es quien sigue de cerca mis relatos.

Espero llenar las expectativas de los lectores.

Gracias.

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Las armas de una mujer

Bertha estacionó el coche en una farmacia* de Wiesloch, un pueblo de Alemania. El boticario no se inmutó al verla, pues días antes le había proveído de lo mismo que hoy pedía con aplomo: Diez litros de ligroína, un solvente de petróleo utilizado como combustible para su auto. Ella, a sus treinta y nueve años, lucía un vestido estilo polisón a la moda de 1888, cabello recogido en un moño y cubierto por un sombrero grande con pañoleta que lo sujetaba y anudaba al cuello. A su lado, un carruaje de solo tres ruedas, una adelante y dos atrás, algo nunca visto, pues este se movía solo, sin ayuda de animal alguno. Sus hijos adolescentes Eugen y Richard la acompañaban y habían bajado del coche para estirar las piernas.   descarga

Mientras esperaba el pedido, ella sonrió al recordar que hacía tres días habían salido de casa en Mannheim, muy temprano sin decirle nada a su esposo a fin de realizar una aventura que confiaba tendría buenos resultados. Solo una carta encontraría Karl al despertar: «Nos vamos a Pforzheim a visitar a la abuela».

La idea ya la había tenido en mente y propuesto a su marido un día después de la demostración fallida del primer auto a motor inventado por este; el conductor había chocado con la pared y destrozado el auto. Karl, que solía ser apacible, se levantó del sillón al escucharla y dirigiéndose al armario para sacar una botella de vino descargó el puño en señal de reprobación.

—¡Es una locura! ¿Te das cuenta que nadie ha recorrido más de doscientos metros y siempre con auxilio mecánico?

—Sí, pero hay que intentarlo. No podemos darnos por vencidos.

Ella sabía que su esposo necesitaba un empuje. Karl era pésimo como negociante y se había frustrado luego de la demostración del “Benz Patent Motorwagen”. Además, a pocos kilómetros del hogar había otro competidor que había patentado un vehículo de cuatro ruedas y decían, más veloz. Si esa mañana ella le hubiese hablado de su decisión, él se habría negado; entonces, consideró que era vital atreverse de manera urgente a realizar el primer viaje largo: «¡¿Ciento cuatro kilómetros de ida?!», pensó. «Sí, era una locura».

—Mamá, ¿tienes ligas y horquillas de repuesto? —preguntó sonriendo Richard, sacándola de sus pensamientos.

—No te preocupes, hijo. Estamos bien equipados. Además, tomaremos otra ruta de retorno. La prensa ha ayudado con la publicidad, así que tendremos a muchas personas siguiéndonos.

La salida subrepticia; sin embargo, no había sido fácil, recorrieron un trecho y les faltó agua, tuvieron que conseguirla, no una sino muchas veces. No había mapas y las calles destinadas a carruajes con animales eran polvorientas y llenas de piedras, tuvieron que empujar en el ascenso de una colina y cuando fallaron los frenos de madera fueron a un zapatero para que los hiciera de cuero. Para reparar el sistema de ignición, ella se sacó una horquilla de cabello y, para desobstruir y limpiar una tubería de combustible, el alfiler de su sombrero. Recubrió un cable eléctrico pelado con la liga que sostenía una de sus medias. Nada la amilanaba hasta que pasó por la Selva Negra, una zona densa de árboles, desolada y oscura; le dio pavor y se alegró de haber traído a sus hijos mayores consigo. Al llegar a la farmacia de Wiesloch, Bertha pidió ligroína y agua. El boticario se asustó al ver a una mujer tan sudorosa y sucia; pensó que sería para limpiar su vestido y lavarse. «¿Tanto?», preguntó. «Es para el coche», contestó ella. No fue el único en sorprenderse, pues en el trayecto hubo mucha gente que gritaba y huía llamando al auto «el monstruo que echa humo» y se postraban a rezar pues creían que era el mismísimo demonio y que el día del juicio final estaría muy cerca. Algunos, salvando la sorpresa inicial, pedían un paseo de prueba.

Se demoraron doce horas, llegaron a Pforzheim al anochecer. El auto no tenía luces.

—De haber sido un hombre el primero en pilotear el coche no hubiese tenido los medios para solucionar los problemas. —Rio Bertha pensando que el plan de mostrar al mundo el invento de su esposo había tenido éxito.

—Cierto, mamá. Pero si no hubieses contado con nosotros no habrías podido empujar el auto sola.

Sonrieron.

—Señora Bertha Benz **, aquí está su pedido —interrumpió el boticario—. El tanque está lleno. Feliz viaje de retorno.

—Gracias. ¡Vamos!
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*Primera gasolinera del mundo.
**Primera persona en conducir un automóvil a larga distancia.

El robot y la doncella

«Era más que un simple robot», decía el titular de un periódico local. Yo lo sabía y sentí orgullo.

Una tarde de invierno lo conocí a la salida del Conservatorio Nacional de Música, yo cargaba mi violonchelo y me agolpé con curiosidad al grupo de personas que observaban algo con interés; era un hombre estatua, uno de los tantos que comenzaban su trabajo al caer el sol colocándose en fila por la amplia calle peatonal llamada Ucayali, en el centro de Lima. Estaba de pie, inmóvil, con un disfraz hecho de cajas de cartón de diferentes tamaños pintadas de gris oscuro, una antena en la cabeza y mitones blancos, los zapatos eran dos cajas rectangulares forradas de negro. «¡Mira un robot!», gritó un niño. «Mamá ponle un sol para que se mueva». La madre colocó la moneda en el plato y el robot empezó a mover brazos y piernas simulando una marcha, luego giró la cintura de un lado a otro mientras se prendían coloridas luces de su traje gris. La antena, sobre su cabeza cuadrada, encendió una luz amarilla intermitente. «¡Bravo!», aplaudieron todos. Echaron más soles. Entonces él cogió un violín que tenía al lado y tocó. «¿¡Qué!?», dije sorprendida. El sonido del instrumento no era cualquier cosa, sus matices suaves combinados con los sonidos agudos componían una melodía hermosa. Tocaba como los dioses. Aplaudí a rabiar y él me miró; apenas podía ver sus ojos por el pequeño hueco de la caja. Dejó el violín y se quedó inmóvil de nuevo. Me ruboricé, pues mi entusiasmo no fue compartido por los demás. Hui del lugar.

Dos días después, volví a encontrarlo haciendo lo mismo; un grupo de personas, sobre todo niños, eran su público. Cuando terminó, agradeció a todos y en vez de empezar su rutina y ponerse inmóvil, se dirigió a mí y dijo:

—¡Hola! Me acuerdo de ti, hace dos días me aplaudiste mucho. Gracias.

—Es que tocas muy bien el violín. Yo soy estudiante de música y sé cuándo lo tocan de maravilla. ¿Por qué haces esto?

—Porque me gusta. ¿Has visto los niños cómo se divierten?

—Sí, claro.

—A ellos poco les importa la música. Ellos gozan con el robot.

—Tienes toda la razón, pero tú podrías tocar en la Sinfónica Nacional, sin problemas.

—Lo hago.

—¿Lo haces? Entonces, ¿por… —callé, iba a preguntarle lo mismo que ya había respondido.

Me dijo que se llamaba Carlos y me invitó a un restaurante cercano, pero antes se quitó toda la parafernalia. Era delgado, alto, los enormes ojos negros me parecieron más vistosos sin el armazón, el cabello lacio caía sobre su rostro trigueño claro. Me encantó su sonrisa franca. Me enamoré de él en ese instante. Él se demoró un poco más para pedirme que fuera su enamorada, su novia y luego su esposa.

Yo era madre soltera, tenía una hija de cinco años y, él ansiaba ser papá, pero no iba a tener descendencia debido a las paperas que tuvo de niño; por ello, le encantó que yo fuese madre.

Ya casados, postulé a la Sinfónica y me recibieron. Por fin los dos estábamos trabajando juntos. Él seguía con su labor en las calles. «Yo voy a ser siempre un robot para las personas que quieran verme», decía.

Vino a Lima el gran cantante de ópera Juan Diego Flórez para montar “La hija del regimiento” de Donizetti. Carlos fue escogido. Pero una noche, cuando volvíamos al hogar, vimos a los bomberos dirigirse hacia nuestro vecindario. Corrimos junto con otras personas. Era nuestra casa que se incendiaba, mi pequeña y mi madre estaban aún adentro. Carlos no lo pensó ni un segundo, entró a la casa, sacó a mi hija y luego volvió por mi madre mientras los bomberos mitigaban el fuego. En un último esfuerzo logró llegar a la entrada, había cubierto a mi madre con una manta húmeda con la que también protegió sus manos, más no su rostro. Fue llevado al hospital, necesitaría de muchas cirugías para completar su recuperación. Yo cubrí de amor todos sus días. No pudo tocar en el concierto, pero Flórez aseguró que la próxima vez lo haría.

La siguiente puesta en escena fue “El robot y la doncella”. Carlos aún no estaba listo para que lo vieran, pero sí para que lo escucharan. Se vistió de robot y tocó como lo sabía hacer.

A la mañana siguiente los periódicos pintaban sus páginas: «El robot y su violín se llevaron el aplauso del público. Flórez brindará una entrevista, pero nos tiene vetado ver el rostro del robot. ¿Por qué? ¿Qué secreto esconde? Él nos lo dirá».

Peter

Pilar y yo fuimos a una fiesta. Allí estaba Juan, quien me hacía ojitos desde que nuestras miradas se cruzaron; era el más bajito, pero el más guapo de todos. Me invitó a bailar y, cuando terminó la pieza nos sentamos juntos.

Pilar, mientras tanto, trataba en vano de convencer a Ramón para que la saque a bailar. De pronto, ella vino hacia mí y me susurró al oído:

—Préstame tu lápiz labial.                                                 7753612-1

—Bien. Está en mi cartera. Esa, al lado de la tuya. —Le señalé.

—Gracias.

Comenzó a buscar y, sacando lo que ella creía que era, leyó la bolsa que lo contenía:

«¡Peter! ¡Qué nombre tan raro para ponerle a un pintalabios!».

Me di cuenta de lo que tenía entre manos, me abalancé hacia ella con desesperación y antes de llegar a rescatar a mi Peter resbalé causándole el mayor arañazo de su vida. Peter salió disparado de la bolsita que lo albergaba y todos se dieron cuenta de qué se trataba.

Ahora estamos en la clínica atendiéndonos de nuestras heridas: Pilar, de la mano y yo, de mis rodillas. Todo por Peter, mi dildo.

Una vena de lavanda

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Repasé mentalmente la mañana del último veintiocho de junio cuando los rayos del sol nos llegaban tibios y la algarabía reinaba en el grupo. Multitud de pies avanzaban acompasados y nuestras manos enarbolaban estandartes multicolores. Íbamos dejando el aroma a lavanda por las calles llenas de historia del barrio de Greenwich Village. La gente, apostada en las veredas, curvaba sus labios y aplaudía.

Extendí una larga línea imaginaria que me llevó por claros y penumbras hasta llegar a la antigüedad, a ese tiempo en que todos éramos aceptados. Luego, divagué por siglos de silencio y ocultamiento porque los comprometidos con el evangelio nos llamaron pecadores y fuimos echados a la hoguera sin piedad. Culpados de enfermedades y pestes; más tarde, acusados de delincuentes y condenados a prisión, castrados o medicados con pastillas para ser “normales”. A pocos años de ahora, los científicos opinaron que éramos enfermos mentales y, con rezos, bendiciones y electrochoques fuimos confinados a instituciones psiquiátricas.

¿Hicimos daño a alguien, alguna vez?

Moví la cabeza negando al tiempo que escuchaba:

—Juan. ¿Aceptas como esposo a José Montes?

—Sí, acepto —respondí, con orgullo.

Me pellizqué la mano y exclamé:

—¡Esto no es una utopía!

Lilou

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Cruzamos corriendo la terminal del Aeropuerto Internacional de San Francisco. Al llegar a la plataforma nuestras esperanzas se desvanecieron. Habíamos perdido el vuelo. El siguiente saldría en cuatro horas. Volteé y le increpé: «Fue tu culpa, ¿por qué te demoraste tanto?». Ella calló.

Molesto, me dirigí al baño. Al salir, caminé hacia la sala de espera, Claudia estaba entre el grupo de personas arremolinadas alrededor de… ¿¡Una cerda!?, llevaba tutú, pezuñas pintadas, un distintivo decía «Lilou», su hocico parecía sonreír.

Claudia lucía serena acariciando al animal. La escena me enterneció e hice lo mismo; la rabia se difuminó. Entonces, reflexioné: «Fui yo quien causó la demora al pedirle que lea el informe y me diera su parecer».

Percibí su perfume, besé su cabello.

—Perdóname —dije.

—Esta noche tuve tanto miedo cuando apurabas el taxi… —respondió.

«Lilou, quien forma parte del programa de terapia asistida con animales, había logrado su cometido».

Niño costero

Querido hijo:

Me pregunto cómo estás. Cómo está la casa. Cómo haces para ir a la universidad. Hoy más que nunca estoy pegada al ordenador, pues el Fenómeno del Niño, denominado Niño Costero en el país, está haciendo desmanes. Sé que por donde vivimos quedaron bloqueadas dos entradas, de las tres que tenemos, porque los ríos aledaños las han obstruido. Cortaron el agua potable y encarecieron los alimentos.

Te cuento que descubrí un vídeo que me sobrecogió. Era la noticia de un huaico. El crecido río, turbio por el barro, se llevaba todo a su paso a una velocidad increíble. La gente apostada a la orilla del lecho, trataba en vano de hacer algo, pero todo era inútil, solo veían la escena y otros filmaban con el celular. A pocos metros, se encontraba el puente Sedapal, convertido ahora en una gran boca abierta, que recibía al torrente enloquecido tragándose todo: árboles, maderas, palos de diferentes tamaños, animales muertos y algunos, aún vivos. ¡Qué horror! Escuché voces que gritaban que todo lo que pasaba por debajo del puente iba a una especie de desnivel y, en un movimiento tipo licuadora emergían los escombros hechos papilla. Me estremecí.

Cerca de la orilla asomaban los cuernos de un toro que luchaba por no ser arrastrado por la corriente, su cabeza emergía tratando de respirar por encima del lodo que cubría su cuerpo. De pronto, las voces anunciaron desesperadas que había una persona. ¡Sí! En el paisaje marrón, entre maderas y palos, unas piernas se movían luchando con desesperación. Hijo mío, mi corazón empezó a latir a mil. ¡Sí, era una persona! La gente que la veía no sabía qué hacer. ¡Qué impotencia! En ese momento y, para horror de todos, las aguas turbias traían un contenedor de madera inmenso a toda velocidad con dirección a la boca del puente. «Este container se llevará todo a su paso», pensé con angustia. «¡Dios mío, no puede ser!», gritó la gente. «No, por favor», rogaban.

El armatoste pasó sin ver a nadie quedando atascado por unos momentos en el puente mientras se acomodaba para ser tragado; esto hizo que el lodo que lo seguía formase una ola y empujara hacia la orilla los palos y maderas inertes. Entonces, mientras la garganta recibía al contenedor haciéndolo añicos, aparecieron unos brazos entre las tablas, unas piernas trataron de pararse. ¡¿Era una mujer?! Sí, una mujer pequeña, cuyo cabello largo se resistía a salir del lodo y, cuyas prendas de la parte inferior habían sido arrebatadas por la furia del agua en su viaje de dos kilómetros. Sus manos se aferraron a los palos, puso las rodillas en estos y haciendo acopio de fuerza, se incorporó, dio unos pasos por las maderas que temblaban inseguras y cayó. Se volvió a parar y surgió moldeada en barro cual estatua viviente y caminó hacia la orilla donde unas manos se apresuraron a ayudarla. Más allá, el toro salía por sus propios medios con los ojos inmensamente abiertos por el horror vivido.

No sabes hijo mío, mi corazón se volvió pequeño hasta dolerme por la angustia de ver esas imágenes, los ojos se me llenaron de lágrimas, la respiración se me entrecortó y con los sentimientos alborotados salí de la casa y grité para sacar mi aflicción. El viento refrescó mi rostro y llevó mi alarido hasta nuestro país que se inunda y revuelca en el lodo por la inoperancia de autoridades que no supieron prevenir. Grité por la mujer de barro y por ti, hijo.  peru-la-mujer-que-se-volvio-el-rostro-de-la-tragedia-543276

Te amo,

Mamá

 

 

 

Micro relatos

Sentimientos

En ese momento estalló el matraz de vidrio como una frágil pompa de jabón y ya no pude seguir con mis deberes de química. Era la cuarta vez que abortaba el experimento, sentí frustración. Es que es casi imposible esconder los sentimientos de pesadumbre después de la muerte de la abuela. Quedó el aire enrarecido y nosotros seguimos respirando confundidos esa incapacidad de cambiar los acontecimientos.

La habíamos amado tanto…

Muñecas

Apenas ella nació, su padre miró al dueño de la hacienda, asintiendo. Pasaron trece años, y aún cuando ella jugaba con muñecas fue obligada a desligarse de su familia para cumplir con el compromiso pactado. Tuvo catorce hijos, siete varones y siete niñas.

Transcurrieron cuarenta años y cuando su marido murió, ella se atrevió a abrir el cajón donde estaban sus muñecas y llorando les dijo cuánto las había extrañado.

Decisión

Él estaba tranquilamente sentado mientras ella le apuntaba con una pistola. Le había pedido que apriete el gatillo porque la vida ya no tenía sentido, estaba atrapado en una silla de ruedas y sentía el dolor carcomiéndole el alma cada segundo. Ya lo habían hablado desde que se casaron augurando quizás un futuro semejante para cualquiera de los dos. Pero, a él le tocó estar en el banquillo y a ella ser el verdugo.

«No puedo», le dijo ella bajando el arma.

Estaba temblando, tuvo el valor de apuntar la sien de su marido, pero de pronto sintió un amor infinito, compasión, ternura, miedo, cobardía y…, no pudo gatillar.

 

 

El grito de un desaparecido

Susana esperaba en un banco del cementerio, muy cerca de la entrada. Había llegado temprano y fue inevitable ver a personas que ingresaban o salían con la tristeza del alma reflejada en los ojos. Allí, sola, su mente divagó hacia su querido pueblo, al día en que irrumpieron unos marinos en su pequeña casa, allá por el año 1992:

«—¡Por favor, papito, no me mates!, ¡por favorcito, te lo ruego! —Fue la súplica al militar que abrió la puerta de un puntapié. Se arrodilló y cogió las piernas de este en un abrazo desesperado. Sus ojos, como tormentas, imploraron sosiego, mientras otros uniformados entraban con las armas en mano, escudriñando la casa.

—¡Suéltame, mujer!, no hemos venido para eso.

—¡Estamos solas! A nuestros esposos ya se los llevaron —balbució Susana.

Aparecieron dos mujeres más, estaban escondidas en la cocina, temerosas cubrían a sus hijas con los brazos. Los militares, con las narices abiertas de furia, se alejaron».

Su cuerpo tembló, un frío helado recorrió su espalda y sintió que el corazón se le encogía hasta dolerle. Recordó que días antes de ese episodio, su esposo había sido llevado a rastras por militares para interrogarlo. El miedo se convirtió en su compañero constante mientras esperaba su retorno, el que nunca se dio. No hubo explicaciones ni desagravios. Nada.

Días después, la angustia se apoderó de ella y casi sin pensarlo, cargó a sus dos hijas y huyó hacia Lima. Allí, familias de desaparecidos marchaban por las calles pidiendo justicia; se unió a estas. Pronto se dio cuenta que su aguerrida voz retumbaba contracorriente: ¿Cómo pedir justicia a aquellos que cometían injusticias? ¿Cómo señalar a los uniformados si estos habían sido enviados para proteger y dar seguridad a los pueblos de los Andes? Su marido, entonces, se sumó a la lista de desaparecidos: uno, de los quince mil.

Sintió el frío de la tarde siempre gris de Lima. Esperaba con ansias a aquellas mujeres cuyos esposos e hijos seguían desaparecidos y a otras, cuyos parientes estaban enterrados en el cementerio, pues los cuerpos habían sido hallados gracias al soplo de algunos militares a la prensa. Los culpables tenían rostro militar y del gobierno. Y ya identificados, estaban siendo juzgados.

Llegó María, la esposa de Justo, para sacarla del marasmo de sus recuerdos.

—Tengo buenas noticias, en estos momentos se está realizando una inspección judicial en el Cuartel General del Ejército o Pentagonito, como lo llaman. pentagonito-Noticia-731692

—¿No será una más de las tantas inspecciones que no llegarán a nada?

—No, esta vez van en busca de pruebas. Tú sabes que, desde el 2002, tienen los archivos de civiles que entraban en las cárceles del Pentagonito. Allí, los torturaban; algunos lograban salir, pero otros, no.

—Precisamente estaba recordando que han pasado doce años de la desaparición de mi esposo y aún no hay forma de castigar a los responsables.

Se quedaron pensativas, habían envejecido esperando, pero la sed de justicia estaba intacta.

—¿Por qué demoran tanto? ¿Será por la hora peruana? ¿Una hora después de la cita?

Efectivamente, una hora después, aparecieron. Venían Rosa y otras mujeres, blandiendo sonrisas.

—Nos demoramos, pues estábamos a la espera de noticias.

—¿Y? —Sus ojos se llenaron de preguntas—. ¿Qué pasó?

—Inspeccionaron el horno del Servicio de Inteligencia del Ejército, ese que los militares argumentaban que solo quemaban papeles.

—¿Un horno de mil grados centígrados para quemar papeles? ¡A otro perro con ese hueso!

—Exacto. ¿Querían noticias? Aquí las tenemos: ¡Encontraron una falange! —dijeron a coro.

—¿Qué?

—¡Una falange!, dicen que es la del dedo índice de la mano. Estaba en el horno, entre las cenizas. Los peritos lo constataron.

—¿Están seguras?

—Sí, lo dijeron hasta por televisión.

El júbilo se desató en el cementerio. Cogidas de las manos, alzaban los pies y los hacían caer de un lugar a otro desordenados, mientras que, aparecían amplias sonrisas en sus caras mustias. La esperanza las unió en un solo pensamiento: «Habrá justicia».

—¡Vamos a rezar por los muertos que descansan en esta morada! —dijo Rosa—. Ya sabremos a quién pertenece la falange.

Doce años más tuvieron que esperar para que llegara la justicia. El cuerpo del esposo de Susana, como muchos otros, nunca fue hallado. Tampoco se supo la identidad del dueño de la falange. Pero, el hecho de que los responsables terminaran en la cárcel, era ya, una victoria.