Micro relatos

Origen: Micro relatos

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Micro relatos

Muñecas

Apenas ella nació, su padre miró al dueño de la hacienda, asintiendo. Pasaron trece años, y aún cuando ella jugaba con muñecas fue obligada a desligarse de su familia para cumplir con el compromiso pactado. Tuvo catorce hijos, siete varones y siete niñas.

Transcurrieron cuarenta años y cuando su marido murió, ella se atrevió a abrir el cajón donde estaban sus muñecas y llorando les dijo cuánto las había extrañado.

Decisión

Él estaba tranquilamente sentado mientras ella le apuntaba con una pistola. Le había pedido que apriete el gatillo porque la vida ya no tenía sentido, estaba atrapado en una silla de ruedas y sentía el dolor carcomiéndole el alma cada segundo. Ya lo habían hablado desde que se casaron augurando quizás un futuro semejante para cualquiera de los dos. Pero, a él le tocó estar en el banquillo y a ella ser el verdugo.

«No puedo», le dijo ella bajando el arma.

Estaba temblando, tuvo el valor de apuntar la sien de su marido, pero de pronto sintió un amor infinito, compasión, ternura, miedo, cobardía y…, no pudo gatillar.

Cosas eternas

Rompí el antiguo jarrón de porcelana china de mi abuela y con él se quebró mi tranquilidad para siempre.

 

 

 

El grito de un desaparecido

Susana esperaba en un banco del cementerio, muy cerca de la entrada. Había llegado temprano y fue inevitable ver a personas que ingresaban o salían con la tristeza del alma reflejada en los ojos. Allí, sola, su mente divagó hacia su querido pueblo, al día en que irrumpieron unos marinos en su pequeña casa, allá por el año 1992:

«—¡Por favor, papito, no me mates!, ¡por favorcito, te lo ruego! —Fue la súplica al militar que abrió la puerta de un puntapié. Se arrodilló y cogió las piernas de este en un abrazo desesperado. Sus ojos, como tormentas, imploraron sosiego, mientras otros uniformados entraban con las armas en mano, escudriñando la casa.

—¡Suéltame, mujer!, no hemos venido para eso.

—¡Estamos solas! A nuestros esposos ya se los llevaron —balbució Susana.

Aparecieron dos mujeres más, estaban escondidas en la cocina, temerosas cubrían a sus hijas con los brazos. Los militares, con las narices abiertas de furia, se alejaron».

Su cuerpo tembló, un frío helado recorrió su espalda y sintió que el corazón se le encogía hasta dolerle. Recordó que días antes de ese episodio, su esposo había sido llevado a rastras por militares para interrogarlo. El miedo se convirtió en su compañero constante mientras esperaba su retorno, el que nunca se dio. No hubo explicaciones ni desagravios. Nada.

Días después, la angustia se apoderó de ella y casi sin pensarlo, cargó a sus dos hijas y huyó hacia Lima. Allí, familias de desaparecidos marchaban por las calles pidiendo justicia; se unió a estas. Pronto se dio cuenta que su aguerrida voz retumbaba contracorriente: ¿Cómo pedir justicia a aquellos que cometían injusticias? ¿Cómo señalar a los uniformados si estos habían sido enviados para proteger y dar seguridad a los pueblos de los Andes? Su marido, entonces, se sumó a la lista de desaparecidos: uno, de los quince mil.

Sintió el frío de la tarde siempre gris de Lima. Esperaba con ansias a aquellas mujeres cuyos esposos e hijos seguían desaparecidos y a otras, cuyos parientes estaban enterrados en el cementerio, pues los cuerpos habían sido hallados gracias al soplo de algunos militares a la prensa. Los culpables tenían rostro militar y del gobierno. Y ya identificados, estaban siendo juzgados.

Llegó María, la esposa de Justo, para sacarla del marasmo de sus recuerdos.

—Tengo buenas noticias, en estos momentos se está realizando una inspección judicial en el Cuartel General del Ejército o Pentagonito, como lo llaman. pentagonito-Noticia-731692

—¿No será una más de las tantas inspecciones que no llegarán a nada?

—No, esta vez van en busca de pruebas. Tú sabes que, desde el 2002, tienen los archivos de civiles que entraban en las cárceles del Pentagonito. Allí, los torturaban; algunos lograban salir, pero otros, no.

—Precisamente estaba recordando que han pasado doce años de la desaparición de mi esposo y aún no hay forma de castigar a los responsables.

Se quedaron pensativas, habían envejecido esperando, pero la sed de justicia estaba intacta.

—¿Por qué demoran tanto? ¿Será por la hora peruana? ¿Una hora después de la cita?

Efectivamente, una hora después, aparecieron. Venían Rosa y otras mujeres, blandiendo sonrisas.

—Nos demoramos, pues estábamos a la espera de noticias.

—¿Y? —Sus ojos se llenaron de preguntas—. ¿Qué pasó?

—Inspeccionaron el horno del Servicio de Inteligencia del Ejército, ese que los militares argumentaban que solo quemaban papeles.

—¿Un horno de mil grados centígrados para quemar papeles? ¡A otro perro con ese hueso!

—Exacto. ¿Querían noticias? Aquí las tenemos: ¡Encontraron una falange! —dijeron a coro.

—¿Qué?

—¡Una falange!, dicen que es la del dedo índice de la mano. Estaba en el horno, entre las cenizas. Los peritos lo constataron.

—¿Están seguras?

—Sí, lo dijeron hasta por televisión.

El júbilo se desató en el cementerio. Cogidas de las manos, alzaban los pies y los hacían caer de un lugar a otro desordenados, mientras que, aparecían amplias sonrisas en sus caras mustias. La esperanza las unió en un solo pensamiento: «Habrá justicia».

—¡Vamos a rezar por los muertos que descansan en esta morada! —dijo Rosa—. Ya sabremos a quién pertenece la falange.

Doce años más tuvieron que esperar para que llegara la justicia. El cuerpo del esposo de Susana, como muchos otros, nunca fue hallado. Tampoco se supo la identidad del dueño de la falange. Pero, el hecho de que los responsables terminaran en la cárcel, era ya, una victoria.

Ascendencia

Vannia                                                                                                                 Dedicado a mi hija, Vannia.

La experiencia más alucinante y maravillosa, puedo decir con justeza, fue cuando nació mi hija. Desde el embarazo todo fue bastante sui géneris. No tuve los síntomas clásicos, es decir, no hubo náuseas, vómitos, ni mareos; por lo tanto, no bajé ni subí excesivamente de peso. Fui un ejemplo de cómo se debe llevar una buena gestación, con resultados de análisis y presión arterial normales, sin edemas, sin cloasma, ni cansancio ni sueño; por el contrario, desarrollé un cuerpo fuerte, contorneado y, hasta los siete meses no tuve necesidad de usar ropa de maternidad. Mi piel se blanqueó, mi cabello largo y ondulado se puso más leonino y jamás tuve una imagen tan sexy como cuando estuve grávida.

Cuando llegaron las primeras contracciones supe que el parto estaba en camino. Vivía a escasas siete cuadras del hospital, así que cogí mi maletín y me lancé a la calle a caminar.

—¿Estás loca? —dijo mi madre.

—No —respondí—, no quiero que me evalúen y digan que no estoy en trabajo de parto. Me regresarían a casa. Caminar será de gran ayuda.

Me dirigí hacia la amplia avenida entre contracciones que iban y venían, respiraciones con inspiración profunda y espiración lenta. Iba deteniéndome en los jardines de la alameda aspirando el aroma de las flores, sintiendo el viento suave en mi rostro, conteniendo el temor de ser primeriza en estas lides. La gente transitaba despreocupada, los automovilistas pasaban ajenos a mi estado y pronto llegué a mi destino. Después de la evaluación me pasaron al ambiente de trabajo de parto.

«La sala de partos es, sin duda, lo más cercano a un salón de torturas», pensé. Los quejidos, gritos y llantos de las parturientas se confundían con las arengas del personal que de manera demandante decían: puje, respire, aguante la respiración, no puje. ¡Qué pandemonio! El olor a sangre unido al del desinfectante dieron cuenta de mí como la nueva víctima y pensé con absoluto temor: «¿Cuándo estaré como las demás?».

Los dolores eran fuertes, pero pasajeros y me concentré en lo transitorio de estos. Así que, cuando venía el alacrán presionando con sus garras mi abdomen, sabía que bien pronto me iba a soltar y todo iba a volver a la calma. Pero, el clamor de otras víctimas hacía que yo me preguntara: «¿Cuándo llegarán los dolores más fuertes?».

Nunca llegaron, lo que arribó fue el irresistible deseo de pujar. Entre sorprendida y asustada llamé al médico y este dijo:

—No hay tiempo. Tendrá su bebé en la cama. Puje por favor.

—No tengo ganas —contesté.

—Entonces creo que puede caminar.

Caminé airosa hacia la mesa de partos, pero antes de acomodarme en ella, sentí una contracción tan fuerte que mis piernas se doblaron y, cuando iba a quedarme en cuclillas recordé lo mucho que se criticaba a las parturientas cuando adoptaban esta posición. Comprendí lo injusto del hecho, pues el instinto señalaba ser la más natural.

Instalada en la mesa de partos, pujé y salió mi pequeña hija al mundo exterior llorando fuerte, moviendo brazos y piernas vigorosamente. Sentí el acto como un milagro y se me humedecieron los ojos. ¿Cómo una mujer puede tener dentro de sí la vida de otro ser? ¿Es que tenemos una facultad natural, grandiosa de crear vida? No salía de mi asombro cuando me la dieron y sentí un calor movedizo entre mis brazos. La miré, estaba rubicunda e intentaba abrir los ojos sin conseguirlo. Pronto, se acomodó y se quedó tranquila, creo que se durmió. Yo también quise descansar y no sentí cuando se la llevaron.

Dormí toda la noche. Al día siguiente me la trajeron. ¡Estaba hermosa! Quizás para una madre todos los hijos sean agraciados, pero la mía, realmente lo era.

La familia reunida trataba de encontrar algún parecido entre los ancestros de uno u otro. Pero, mi hija no se parecía a nadie, ¡era tan blanca!, con un mechón de pelo ralo y las cejas rubias no indicaban que se pareciera a mi familia, tampoco a la de mi pareja, aunque quién sabe. Yo siempre me había adjudicado una raza andina. Cuando me preguntaban por el origen de mi apellido mencionaba que era autóctono. Me miraban, levantaban una ceja para luego aceptarlo. Sabía que mi aspecto más parecía asiático por el epicanto en mis ojos, pero el cabello ondulado descartaba esa ascendencia. Blanca no soy debido a las pecas y manchas que cubren mis mejillas, pero nunca me hice problemas en indagar mi origen, hasta que mi papá exclamó:

—Se parece a su tía.

—¿Cuál tía? —interrogué.

—Petita Apello.

—¿Quién es Petita Apello? —preguntamos todos sorprendidos. Jamás habíamos escuchado tal nombre y tampoco nunca mi padre había dicho que tuviésemos algún familiar italiano.

—Petita era italiana y… —balbució, sin convencimiento.

Nos reímos, pero nos reímos tanto que mi padre no dio ninguna explicación más.

Pasaron los años y siempre quise saber de esa tía Petita, pero mi padre selló sus labios y, nunca más aceptó preguntas al respecto. Mi hija creció y se incorporó al Ballet del Teatro Municipal de Lima. Cuando iba a verla bailar, la luz del escenario seguía su cuerpo níveo, su rostro armonioso, de nariz recta, algo respingona, ojos grandes, un poquitín achinada. Se deslizaba tan etérea haciendo piruetas y pasos difíciles, a la vez que delicados y con gracia. Entonces, recordaba a mi papá, que quizás tuvo razón, que tal vez hubo una tal Petita y Allpas derivó de Apello, pero nosotros, no lo supimos escuchar.

El mentiroso

mentiroso1_rallpasLa fiesta se encontraba en su punto máximo, las parejas bailaban al son de la música y pronto la comida iba a ser servida. En ese momento, Mario apareció, vio cómo estaba el ambiente, invitó a una chica a bailar y le preguntó si era amiga de la novia.

—No, —respondió ella— soy hermana del novio. ¿Y tú?

—¡Oh! Yo soy el amigo de un amigo de tu hermano.

—¿De quién? ¿Cómo se llama?

—José.

—Debe ser José López.

—Sí, ese mismo.

—Él no vino. Viajó.

«¡Uf! Tuve suerte esta vez», pensó.

Mario acudía a casi todas las fiestas sin ser invitado. Joven, apuesto, extrovertido y de buen vestir. Tenía un cúmulo de modalidades para presentarse a cuanta ceremonia acontecía en la ciudad y siempre le ligaba. Una serie de mentiras habían hecho de él un profesional del embuste y se ufanaba de ello. Así, conseguía disfrutar de la buena música, comida y bebida. Era capaz de hacerse pasar por abogado, maestro, bombero, oficinista, enfermero, según la situación lo requiriese. Cada fin de semana se emperifollaba para participar de cualquier celebración.

Una noche entró a una casa palaciega. Pensaba que era una boda y se sorprendió que fuese un velorio. La gente, bastante numerosa, se agolpaba en la puerta; unos hombres lo revisaron y preguntaron de dónde conocía al difunto. Él, consuetudinario en el arte del engaño, les contestó:

—Soy amigo de la infancia.

—¿Ha traído su pase?

—No. Pensé que la familia me reconocería.

—La familia está adentro, en la capilla. Pronto empezará la misa. ¡Bienvenido!

La pequeña iglesia era hermosa, engalanaban sus paredes los cuadros del vía crucis con inscripciones en latín. El cuerpo del difunto descansaba en un ataúd de fina madera con adornos áureos. Al término de la misa salieron algunos al jardín. Otros fueron a recorrer los ambientes de la casa. La biblioteca, que quedaba al lado del salón principal, atrajo el interés de Mario, quien entró a admirar las obras que en los próximos días serían donadas a la iglesia de Santa Rita; esto lo indicaba un cartelito a la entrada. Le llamó la atención un diccionario de latín con letras doradas, una Biblia, al parecer, antigua y otros libros de pasta gruesa y elegante cuyos títulos quiso averiguar. Su curiosidad fue cortada por el toque de una campanilla anunciando la cena.

Todos fueron trasladados a los amplios comedores. Él, circunspecto, porque el hecho lo demandaba, fue a sentarse con un grupo de hombres que al parecer eran amigos del difunto. «Tanto mejor», pensó. «Con la familia, no».

Empezaron a servir la comida. Un hombre tocaba el piano, las notas de la melodía se deslizaban tímidas ocupando el ambiente. Mario se sentía satisfecho, el aroma y sabor del asado, las salsas de finas hierbas resultaron una exquisitez. Las conversaciones iban y venían de un lado a otro; entonces, los vecinos de asiento le preguntaron:

—¿Cómo conociste a Edgar?

—¡Oh! Fuimos amigos de la infancia.

—¡Qué bien! ¿Del colegio?

—Sí. Jugábamos fútbol…

—Pero, a él nunca le gustó jugar fútbol.

—Bueno, sí. Nos obligaban a hacerlo. Ustedes saben, el curso de educación física.

—No te hemos visto antes. ¿Acaso eres de la brigada secreta?

—Sí, claro.

—Entonces…, trabajas para el Chapo.

—Sí.

En ese momento, hizo su aparición uno de los más importantes personajes buscados por la policía. Mario lo reconoció, pues el sujeto había salido en la televisión en un despliegue del informativo, incluso con un antifaz. El hombre, sombrío, muy bien vestido, se sentó con la familia. Se excusó de no poderse quedar mucho tiempo porque…

Demasiado tarde. La policía había rodeado el palacete. Entraron con orden de la autoridad competente y se lo llevaron, no solo al individuo con requisitoria, sino a su séquito más íntimo, a los de la brigada secreta. Identificaron a Mario, pues él mismo había confesado su pertenencia y muchos lo corroboraron.

Se necesitó una pequeña fortuna para desligarlo del grupo de traficantes de drogas. Un puñado de buenos amigos tuvo que probar que Mario no era culpable. El principio de presunción de inocencia* aún no entraba en vigor; por lo tanto, tuvo que pasar algún tiempo en la cárcel.

Al salir, le devolvieron su antigua ropa que dormía en el casillero de la penitenciaría. En el bolsillo de su saco encontró una entrada al cine, de hacía casi tres años. Se le cayeron unos lagrimones que los hizo desaparecer de un manotazo.

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*Principio de presunción de inocencia: Toda persona es inocente hasta que se pruebe su culpabilidad.

 

Yungay

Se giró al escuchar el grito de Nancy. Se levantó de la silla y fue a abrazarla.

—¿Recuerdas? —le dijo ella sollozando.

—Sí, amor, ya pasó. Trata de dormir. Ahora te acompaño.

Dos años antes:

Nancy había aceptado el encuentro que le propuso Lucas. No obstante la aprensión que le ocasionaba el lugar, la dicha de verlo era superior; por ello, salió de su casa temprano y caminó cuesta arriba hasta casi llegar a la cúspide del cerro donde se encontraba el camposanto. diseno-de-arquitecto

Dieron las tres y veinte de la tarde cuando lo vio venir, su corazón brincó de felicidad. Era la primera vez que se encontrarían a solas, a escondidas de sus padres, quienes les habían prohibido verse, no querían saber de noviazgos. «Son demasiado jóvenes», les habían dicho. Cerró los ojos un instante y movió la cabeza para olvidarse de las palabras de su madre y decidida corrió al encuentro de Lucas.

—¡Hola! —le dijo al verla, dándole un beso en la mejilla.

—¡Hola! —respondió Nancy— ¿Por qué me citaste aquí? ¿No te parece raro encontrarnos en este lugar?

—Ja, ja, ja. Mis padres me mandaron poner flores en la tumba de mi abuelita. Además, aquí podemos estar solos —la miró con intensidad y sonriendo le dijo—: fíjate que me estoy perdiendo el partido inaugural de fútbol del Mundial de México’70…, pero por ti, bajaría la luna.

—Ja. ¿Qué quieres decir con eso?

—Que estoy prendado de ti, que deseo que seas mi enamorada —cogió las manos de Nancy y las besó, estaba nervioso y tuvo una fugaz idea de que sus padres tenían razón, quizás eran muy jóvenes. Si ella aceptaba, sería su primer amor. Se acercó tímido, encontró los ojos de Nancy y sintió deseos de besarla en la boca. La atrajo hacia sí, ella temblaba; apenas rozaron sus labios cuando un movimiento desmesurado los separó.

—¡Temblor! —gritó ella asustada.

Corrieron enloquecidos, se desplazaron por las escalinatas labradas en piedra de granito, pasaron por las plataformas de nichos sin rumbo chocando con otras personas hasta que la tierra se abrió delante de ellos; un Cristo elevando los brazos al cielo se erguía como si fuese una ilusión. Se quedaron allí, horrorizados al límite. El temblor había pasado. Entonces sus miradas se enfocaron hacia abajo y, vieron que la ciudad, su ciudad, había quedado sumergida en una nube de polvo. Se abrazaron, supieron que habían salido ilesos, pero un celaje de culpa les invadió, quizás por haber desobedecido a sus padres.

—¡Diosito lindo, perdónanos, por favor! —dijo Nancy cayendo de rodillas. A su lado Lucas parecía un espectro.

Entonces, escucharon un ruido descomunal que no sabían de dónde provenía, sus ojos iban de un lado a otro buscando la naturaleza del estruendo y, volviendo a abrazarse gritaron: «¡Es el fin del mundo!».

En aquel instante, como una alucinación, un manto gris claro en forma de ola gigantesca de unos cuarenta metros venía veloz sacando chispas de colores, precedido de un fuerte viento. Sus ojos desorbitados vieron cómo este velo parduzco pasaba de largo ante ellos tragándose todo a su paso y dejando sepultados los últimos restos de su pueblo y a sus miles de habitantes.

Todo quedó nublado, la tarde soleada, con su cielo azul claro y nubes blancas, se había convertido en una oscura y densa sombra que ni los rayos del sol podían pasar.
Vieron que otras personas avanzaban hacia ellos cual fantasmas salidos de sus ataúdes. Eran otros sobrevivientes que surgían de la niebla y al igual que ellos no tenían conciencia de qué es lo que les había pasado.

Se quedaron sin alimento y sin agua por cuatro días. El miedo, la ignorancia y el hambre se les había impregnado en los ojos, algunos intentaron bajar al pueblo, pero todo era lodo, frío y el olor a muerte empezaba a emerger.

La mañana del quinto día el cielo fue asaltado por unos retumbos alarmantes, la niebla espesa aún no dejaba ver qué pasaba. De pronto llovieron cajas de pollo a la brasa y agua embotellada, frazadas y chompas. ¡Los habían encontrado!

Cuando los rescataron, supieron que, después del terremoto, el nevado Huascarán, lleno de ira, había descargado su furia enviando un potente alarido al desprenderse parte de sí mismo. Los inmensos bloques de hielo volaron, se unieron a las piedras, barro y en su loca carrera arrastró árboles, casas y terminó engullendo entera la ciudad de Yungay borrándola del mapa para siempre; solo quedaron en pie cuatro de las treinta y seis palmeras de la Plaza de Armas, todo era desolación y miseria. Los sobrevivientes lloraron por su pueblo y parientes. Nancy y Lucas comprendieron que se habían quedado solos, sin casa, sin familia; atiborraron sus corazones de sentimientos de culpa reviviendo cada día la terrible escena de la desaparición de su pueblo y se odiaron a sí mismos por estar vivos.

Meses después, junto a otras familias sobrevivientes, emigraron a Lima, sus casas rodearon una explanada vacía, sin vida.

Lucas, luego de recordar todo aquello, acarició el cabello de su amada y le dijo:

—Ya verás, cuando esté lista lograremos olvidar para siempre estos recuerdos.

—Sí. —Nancy cerró los ojos y trató de dormir.

En los meses siguientes se pusieron a trabajar. Con el recuerdo y la tristeza que les incomodaba el alma iniciaron la transformación del llano en una fiel réplica de la plaza arrasada. Plantaron palmeras, llenaron de rosas sus jardines y al centro levantaron una gran pileta en piedra de granito. Ellos sabían que, una vez terminada, lograrían perdonarse a sí mismos.

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*Yungay, histórica ciudad desaparecida a consecuencia del trágico terremoto y alud del 31 de mayo de 1970, situada en el Valle del río Santa, departamento de Ancash, Perú.

Inspiración fallida

Ayer tuve un impulso tremendo de escribir. De escribir como antes, con papel y lápiz. Me senté cómoda y compuse un micro relato, como lo exige el taller. Quise enviarlo; pero, no me atreví. «Mañana», pensé.

Hoy vinieron mis nietas, anduvieron por toda la casa y al final se quedaron jugando en el lavabo del baño. Las ví divertirse con algunos juguetes. ¡Cómo les encanta jugar con el agua! Es su pasatiempo favorito. Siempre me sucede lo mismo con ellas, al comienzo es maravilloso disfrutar de su compañía, pero luego… «Felizmente, las recogieron cuando ya no tenía más recursos para entretenerlas».

Por la noche, voy al encuentro de mis hojas, pero todo es inútil, ¡no están! Las busco y, no las puedo encontrar. Estoy al borde de la desesperación. ¿Deberé escribir de nuevo el relato? Empiezo a componer la historia perdida, pero no… no me gusta, arranco una hoja y luego otra, las arrugo. No hay inspiración.

¿Dónde está mi primigenio relato? De pronto, me asalta una idea terrible.

¡¡¡Los barquitos de papel!!!

¡Bienvenidos!

¡Hola a todos!

La necesidad de publicar algunos relatos, anécdotas, crónicas y otras locuras originó que creara este blog.

El estar en otro país donde pocos hablan español y tener horas sobrantes por primera vez en mi vida hicieron que viajara por las rutas del recuerdo y encontrara el siempre postergado deseo de escribir.

Una vez que la escritura empezó a ocupar mi mente, encontré Literautas.com, un lugar ideal para crecer en la letras. De allí salieron mis primeros relatos. Por ello, felicito a Iría y Tomeu quienes están al frente del taller y por tener tan bella idea. Agradezco también al escritor José Alejandro Felipe Valencia-Arenas Abruzzese, quien dirige el Taller Internacional de Escritura Narrativa, al que estoy adscrita y es quien sigue de cerca mis relatos.

Espero llenar las expectativas de los lectores.

Gracias.