¿Problemas en la Luna?

Mi abuelita me contaba que los animales cuando morían se iban a descansar a la Luna; esta era la morada de su nueva vida. No había humanos allí, la felicidad reinaba en todos los rincones del redondo satélite.

Hace muchos años, dos hombres pisaron la Luna y después de poner una bandera de franjas y estrellas, se marcharon llevándose algunas rocas. Esto causó una gran confusión en los animales que terminaron escondiéndose. En otra ocasión, una sonda espacial entró por un cráter y removió el agua helada que había dentro, los peces se alarmaron. Hubo otros humanos que fueron por más rocas, pero ninguno se quedó por mucho tiempo. «Menos mal» pensaron los animales, pero tuvieron que agruparse para estudiar cómo solucionar el problema de la polución dejada por la acometida humana. Desde entonces, existían animales científicos.

La Luna era pues, el paraíso de los animales, sus cráteres y montañas de variados tamaños, estaban especialmente diseñados para jugar a las escondidas, el polvo terroso gris de su suelo era el escondrijo ideal de los más pequeños. Ninguno comía a nadie porque no existía el hambre. La mayoría de los animales cantaba o se ponía a chismear, les encantaba hablar de su pasado y del pasado de los demás. También bailaban al son de los cantos de los pájaros o de las voces de otros animales que les satisfacía hacerlo; realmente lo hacían por telepatía, porque al no existir aire en la Luna, tampoco había sonido.

Algunos eran curiosos, como Hugo, el grillo que quería plantar girasoles, pero la grillada le hizo entrar en razón, eso desequilibraría el paraíso que tenían y menos mal que dejó de hacerlo. ¡Había cada lunático! Caridad, era una de ellas, alegre y bonita como todas las vacas, estaba loca de amor. Todas las noches se apartaba de sus amigas y se iba al lado claro de la Luna para mirar a la Tierra.

—Caridad, ven con nosotras a dormir —la llamaban a coro.

—No —respondía ella—. Voy a ver a Simón, debe estar esperándome en el río, es la hora.

¡Cómo añoraba a su toro! Simón por su lado, también la recordaba con mucho amor; él sabía, por lo escuchado por algún humano, que los animales al morir se iban a la Luna, pero nadie le creía. «No importa, pero yo sé que algún día voy a estar con Caridad», rumiaba. Cada noche Simón se iba al río donde la Luna se reflejaba bella, plateada y luminosa. Todos pensaban que él se había enamorado de esta, incluso le cantaban una canción: ese toro enamorao de la Luna, que abandona por la noche la maná, es pintao de amapola y aceituna… 814b01e7f2b8809f6041cd02a3ee9df4

Estos eran los encuentros visuales entre Caridad y Simón. Más bien, mentales, pues la Tierra estaba a 384 403 kilómetros de distancia de la Luna; la distancia espiritual entre ellos era solo de medio metro.

Pronto Caridad iba a cumplir un año en la Luna y ese día era muy importante para todos los animales que habitaban en ella, se pondría el sombrero de copa, levantaría la pata y cual mago empleando su varita mágica, haría venir a Simón para dar un paseo y regalarle el secreto de la felicidad. Era una Ley sagrada escrita por los primeros animales que poblaron la Luna hace más de cuatro mil quinientos millones de años. Así, ningún animal podía sentir tristeza en la Tierra, solo una gran esperanza y luego, la felicidad completa.

Llegó el ansiado día, debía estar todo preparado para la medianoche; pero, Caridad no encontraba el sombrero de copa. Comenzó a llorar, avisó a todas sus compañeras para que le ayudasen a buscarlo. Sabía que sin él no se produciría la magia de traer a Simón. ¿Qué había pasado? ¿Dónde estaba dicho artilugio? Decían que un duende travieso lo había escondido. Se pusieron a buscar el sombrero o al duende, que era casi la misma cosa. No los encontraron. Trajeron una roca que parecía un sombrero, quizás serviría. Caridad negó con un mugido. Entonces vieron a la vaca Rosalinda que llevaba un deerstalker * en la cabeza, como el que usaba Holmes; ella, cada vez que buscaba algo, se lo ponía. Los animales pensaron que podía ser el apropiado. Hablaron con Rosalinda, quien gustosa se lo prestó a Caridad, pero ella no estaba convencida que surtiera el mismo efecto. Cuando se desea algo con el corazón, todo es posible, le dijeron. Y ella… claro que lo deseaba, con todo su amor.

Simón ya estaba en el río esperándola, las estrellas y luceros lo bañaban de plata, y sus patas parecían abanicos de colores; él levantó la mirada hacia la luna y vio a Caridad. Allí estaba, vestida de blanco y negro luciendo un sombrero, ¿de copa? La pata delantera la movía en círculos y de pronto un haz de luz se dirigió a él inundándolo por completo. Los demás toros se sorprendieron, la luz los encegueció. Después de eso, Simón ya no estaba. Unos dijeron que se había ahogado porque tenía la costumbre de hundirse en el río cuando la Luna se retiraba; pero lo que nunca imaginaron, era que el torito bravío y de casta valiente se hallaba con Caridad. Ella le mostró lo felices que se encontraban en la Luna y lo inútil de sentir tristeza en la Tierra, le exhortó a encontrar otra vaca y que cuando sea el tiempo de reunirse, ella y los demás animales lo estarían esperando.

A la mañana siguiente, Simón se encontraba en la Tierra. Estaba contento, volvió al rebaño con sus amigos. Ya no tenía que temer por Caridad y haría lo que ella le había aconsejado.

Cuando llegaba a este punto, mi abuelita, solía acomodarse el chal y terminaba diciendo:

—Y los animales, en la Luna, siguieron felices por siempre.

—Abuelita, ¿y el sombrero? —le preguntaba yo.

—¡Oh! Encontraron el sombrero, pero ya no tenía importancia para Caridad.

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* Deerstalker: Es un tipo de gorra de cazador usada en zonas rurales de Europa. Debido al escritor Arthur Conan Doyle se asocia esta gorra al detective Sherlock Holmes.

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Yungay

—Se giró al escuchar el grito de Nancy. Se levantó de la silla y fue a abrazarla.

—¿Recuerdas? —le dijo ella sollozando.

—Sí, amor, ya pasó. Trata de dormir. Ahora te acompaño.

Dos años antes:

Nancy había aceptado el encuentro que le propuso Lucas. No obstante la aprensión que le ocasionaba el lugar, la dicha de verlo era superior; por ello, salió de su casa temprano y caminó cuesta arriba hasta casi llegar a la cúspide del cerro donde se encontraba el camposanto. diseno-de-arquitecto

Dieron las tres y veinte de la tarde cuando lo vio venir, su corazón brincó de felicidad. Era la primera vez que se encontrarían a solas, a escondidas de sus padres, quienes les habían prohibido verse, no querían saber de noviazgos. «Son demasiado jóvenes», les habían dicho. Cerró los ojos un instante y movió la cabeza para olvidarse de las palabras de su madre y decidida corrió al encuentro de Lucas.

—¡Hola! —le dijo al verla, dándole un beso en la mejilla.

—¡Hola! —respondió Nancy— ¿Por qué me citaste aquí? ¿No te parece raro encontrarnos en este lugar?

—Ja, ja, ja. Mis padres me mandaron poner flores en la tumba de mi abuelita. Además, aquí podemos estar solos —la miró con intensidad y sonriendo le dijo—: fíjate que me estoy perdiendo el partido inaugural de fútbol del Mundial de México’70…, pero por ti, bajaría la luna.

—Ja. ¿Qué quieres decir con eso?

—Que estoy prendado de ti, que deseo que seas mi enamorada —cogió las manos de Nancy y las besó, estaba nervioso y tuvo una fugaz idea de que sus padres tenían razón, quizás eran muy jóvenes. Si ella aceptaba, sería su primer amor. Se acercó tímido, encontró los ojos de Nancy y sintió deseos de besarla en la boca. La atrajo hacia sí, ella temblaba; apenas rozaron sus labios cuando un movimiento desmesurado los separó.

—¡Temblor! —gritó ella asustada.

Corrieron enloquecidos, se desplazaron por las escalinatas labradas en piedra de granito, pasaron por las plataformas de nichos sin rumbo chocando con otras personas hasta que la tierra se abrió delante de ellos; un Cristo elevando los brazos al cielo se erguía como si fuese una ilusión. Se quedaron allí, horrorizados al límite. El temblor había pasado. Entonces sus miradas se enfocaron hacia abajo y, vieron que la ciudad, su ciudad, había quedado sumergida en una nube de polvo. Se abrazaron, supieron que habían salido ilesos, pero un celaje de culpa les invadió, quizás por haber desobedecido a sus padres.

—¡Diosito lindo, perdónanos, por favor! —dijo Nancy cayendo de rodillas. A su lado Lucas parecía un espectro.

Entonces, escucharon un ruido descomunal que no sabían de dónde provenía, sus ojos iban de un lado a otro buscando la naturaleza del estruendo y, volviendo a abrazarse gritaron: ¡Es el fin del mundo!

En aquel instante, como una alucinación, un manto gris claro en forma de ola gigantesca de unos cuarenta metros venía veloz sacando chispas de colores, precedido de un fuerte viento. Sus ojos desorbitados vieron cómo este velo parduzco pasaba de largo ante ellos tragándose todo a su paso y dejando sepultados los últimos restos de su pueblo y a sus miles de habitantes.

Todo quedó nublado, la tarde soleada, con su cielo azul claro y nubes blancas, se había convertido en una oscura y densa sombra que ni los rayos del sol podían pasar.
Vieron que otras personas avanzaban hacia ellos cual fantasmas salidos de sus ataúdes, eran otros sobrevivientes que surgían de la niebla y al igual que ellos no tenían conciencia de qué es lo que les había pasado.

Se quedaron sin alimento y sin agua por cuatro días. El miedo, la ignorancia y el hambre se les había impregnado en los ojos, algunos intentaron bajar al pueblo, pero todo era lodo, frío y el olor a muerte empezaba a emerger.

La mañana del quinto día el cielo fue asaltado por unos retumbos alarmantes, la niebla espesa aún no dejaba ver qué pasaba. De pronto llovieron cajas de pollo a la brasa y agua embotellada, frazadas y chompas. ¡Los habían encontrado!

Cuando los rescataron, supieron que, después del terremoto, el nevado Huascarán, lleno de ira, había descargado su furia enviando un potente alarido al desprenderse parte de sí mismo. Los inmensos bloques de hielo volaron, se unieron a las piedras, barro y en su loca carrera arrastró árboles, casas y terminó engullendo entera la ciudad de Yungay borrándola del mapa para siempre; solo quedaron en pie cuatro de las treinta y seis palmeras de la Plaza de Armas, todo era desolación y miseria. Los sobrevivientes lloraron por su pueblo y parientes. Nancy y Lucas comprendieron que se habían quedado solos, sin casa, sin familia; atiborraron sus corazones de sentimientos de culpa reviviendo cada día la terrible escena de la desaparición de su pueblo y se odiaron a sí mismos por estar vivos.

Meses después, junto a otras familias sobrevivientes, emigraron a Lima, sus casas rodearon una explanada vacía, sin vida.

Lucas, luego de recordar todo aquello, acarició el cabello de su amada y le dijo:

—Ya verás, cuando esté lista lograremos olvidar para siempre estos recuerdos.

—Sí. —Nancy cerró los ojos y trató de dormir.

En los meses siguientes se pusieron a trabajar. Con el recuerdo y la tristeza que les incomodaba el alma iniciaron la transformación del llano en una fiel réplica de la plaza arrasada. Plantaron palmeras, llenaron de rosas sus jardines y al centro levantaron una gran pileta en piedra de granito. Ellos sabían que, una vez terminada, lograrían perdonarse a sí mismos.

*Yungay, histórica ciudad desaparecida a consecuencia del trágico terremoto y alud del 31 de mayo de 1979, situada en el Valle del río Santa, departamento de Ancash, Perú.

Inspiración fallida

Ayer tuve un impulso tremendo de escribir. De escribir como antes, con papel y lápiz. Me senté cómoda y compuse un micro relato, como lo exige el taller. Quise enviarlo; pero, no me atreví. «Mañana», pensé.

Hoy vinieron mis nietas, anduvieron por toda la casa y al final se quedaron jugando en el lavabo del baño. Las ví divertirse con algunos juguetes. ¡Cómo les encanta jugar con el agua! Es su pasatiempo favorito. Siempre me sucede lo mismo con ellas, al comienzo es maravilloso disfrutar de su compañía, pero luego… «Felizmente, las recogieron cuando ya no tenía más recursos para entretenerlas».

Por la noche, voy al encuentro de mis hojas, pero todo es inútil, ¡no están! Las busco y, no las puedo encontrar. Estoy al borde de la desesperación. ¿Deberé escribir de nuevo el relato? Empiezo a componer la historia perdida, pero no… no me gusta, arranco una hoja y luego otra, las arrugo. No hay inspiración.

¿Dónde está mi primigenio relato? De pronto, me asalta una idea terrible.

¡¡¡Los barquitos de papel!!!

¡Bienvenidos!

¡Hola a todos!

La necesidad de publicar algunos relatos, anécdotas, crónicas y otras locuras originó que creara este blog.

El estar en otro país donde pocos hablan español y tener horas sobrantes por primera vez en mi vida hicieron que viajara por las rutas del recuerdo y encontrara el siempre postergado deseo de escribir.

Una vez que la escritura empezó a ocupar mi mente, encontré Literautas.com, un lugar ideal para crecer en la letras. De allí salieron mis primeros relatos. Por ello, felicito a Íria y Tomeu quienes están al frente del taller y por tener tan bella idea. Agradezco también al escritor José Alejandro Felipe Valencia-Arenas Abruzzese, quien dirige el Taller Internacional de Escritura Narrativa, al que estoy adscrita y es quien sigue de cerca mis relatos.

Espero llenar las expectativas de los lectores y, si no es así, espero que me escriban para mejorar mi forma de narrar.

Gracias.

e-mail: rallpas@hotmail.com