Lilou

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Cruzamos corriendo la terminal del Aeropuerto Internacional de San Francisco. Al llegar a la plataforma nuestras esperanzas se desvanecieron. Habíamos perdido el vuelo. El siguiente saldría en cuatro horas. Volteé y le increpé: «Fue tu culpa, ¿por qué te demoraste tanto?». Ella calló.

Molesto, me dirigí al baño. Al salir, caminé hacia la sala de espera, Claudia estaba entre el grupo de personas arremolinadas alrededor de… ¿¡Una cerda!?, llevaba tutú, pezuñas pintadas, un distintivo decía «Lilou», su hocico parecía sonreír.

Claudia lucía serena acariciando al animal. La escena me enterneció e hice lo mismo; la rabia se difuminó. Entonces, reflexioné: «Fui yo quien causó la demora al pedirle que lea el informe y me diera su parecer».

Percibí su perfume, besé su cabello.

—Perdóname —dije.

—Esta noche tuve tanto miedo cuando apurabas el taxi… —respondió.

«Lilou, quien forma parte del programa de terapia asistida con animales, había logrado su cometido».

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Niño costero

Querido hijo:

Me pregunto cómo estás. Cómo está la casa. Cómo haces para ir a la universidad. Hoy más que nunca estoy pegada al ordenador, pues el Fenómeno del Niño, denominado Niño Costero en el país, está haciendo desmanes. Sé que por donde vivimos quedaron bloqueadas dos entradas, de las tres que tenemos, porque los ríos aledaños las han obstruido. Cortaron el agua potable y encarecieron los alimentos.

Te cuento que descubrí un vídeo que me sobrecogió. Era la noticia de un huaico. El crecido río, turbio por el barro, se llevaba todo a su paso a una velocidad increíble. La gente apostada a la orilla del lecho, trataba en vano de hacer algo, pero todo era inútil, solo veían la escena y otros filmaban con el celular. A pocos metros, se encontraba el puente Sedapal, convertido ahora en una gran boca abierta, que recibía al torrente enloquecido tragándose todo: árboles, maderas, palos de diferentes tamaños, animales muertos y algunos, aún vivos. ¡Qué horror! Escuché voces que gritaban que todo lo que pasaba por debajo del puente iba a una especie de desnivel y, en un movimiento tipo licuadora emergían los escombros hechos papilla. Me estremecí.

Cerca de la orilla asomaban los cuernos de un toro que luchaba por no ser arrastrado por la corriente, su cabeza emergía tratando de respirar por encima del lodo que cubría su cuerpo. De pronto, las voces anunciaron desesperadas que había una persona. ¡Sí! En el paisaje marrón, entre maderas y palos, unas piernas se movían luchando con desesperación. Hijo mío, mi corazón empezó a latir a mil. ¡Sí, era una persona! La gente que la veía no sabía qué hacer. ¡Qué impotencia! En ese momento y, para horror de todos, las aguas turbias traían un contenedor de madera inmenso a toda velocidad con dirección a la boca del puente. «Este container se llevará todo a su paso», pensé con angustia. «¡Dios mío, no puede ser!», gritó la gente. «No, por favor», rogaban.

El armatoste pasó sin ver a nadie quedando atascado por unos momentos en el puente mientras se acomodaba para ser tragado; esto hizo que el lodo que lo seguía formase una ola y empujara hacia la orilla los palos y maderas inertes. Entonces, mientras la garganta recibía al contenedor haciéndolo añicos, aparecieron unos brazos entre las tablas, unas piernas trataron de pararse. ¡¿Era una mujer?! Sí, una mujer pequeña, cuyo cabello largo se resistía a salir del lodo y, cuyas prendas de la parte inferior habían sido arrebatadas por la furia del agua en su viaje de dos kilómetros. Sus manos se aferraron a los palos, puso las rodillas en estos y haciendo acopio de fuerza, se incorporó, dio unos pasos por las maderas que temblaban inseguras y cayó. Se volvió a parar y surgió moldeada en barro cual estatua viviente y caminó hacia la orilla donde unas manos se apresuraron a ayudarla. Más allá, el toro salía por sus propios medios con los ojos inmensamente abiertos por el horror vivido.

No sabes hijo mío, mi corazón se volvió pequeño hasta dolerme por la angustia de ver esas imágenes, los ojos se me llenaron de lágrimas, la respiración se me entrecortó y con los sentimientos alborotados salí de la casa y grité para sacar mi aflicción. El viento refrescó mi rostro y llevó mi alarido hasta nuestro país que se inunda y revuelca en el lodo por la inoperancia de autoridades que no supieron prevenir. Grité por la mujer de barro y por ti, hijo.  peru-la-mujer-que-se-volvio-el-rostro-de-la-tragedia-543276

Te amo,

Mamá

 

 

 

Micro relatos

Sentimientos

En ese momento estalló el matraz de vidrio como una frágil pompa de jabón y ya no pude seguir con mis deberes de química. Era la cuarta vez que abortaba el experimento, sentí frustración. Es que es casi imposible esconder los sentimientos de pesadumbre después de la muerte de la abuela. Quedó el aire enrarecido y nosotros seguimos respirando confundidos esa incapacidad de cambiar los acontecimientos.

La habíamos amado tanto…

Muñecas

Apenas ella nació, su padre miró al dueño de la hacienda, asintiendo. Pasaron trece años, y aún cuando ella jugaba con muñecas fue obligada a desligarse de su familia para cumplir con el compromiso pactado. Tuvo catorce hijos, siete varones y siete niñas.

Transcurrieron cuarenta años y cuando su marido murió, ella se atrevió a abrir el cajón donde estaban sus muñecas y llorando les dijo cuánto las había extrañado.

Cosas eternas

Rompí el antiguo jarrón de porcelana china de mi abuela y con él se quebró mi tranquilidad para siempre.

Decisión

Él estaba tranquilamente sentado mientras ella le apuntaba con una pistola. Le había pedido que apriete el gatillo porque la vida ya no tenía sentido, estaba atrapado en una silla de ruedas y sentía el dolor carcomiéndole el alma cada segundo. Ya lo habían hablado desde que se casaron augurando quizás un futuro semejante para cualquiera de los dos. Pero, a él le tocó estar en el banquillo y a ella ser el verdugo.

«No puedo», le dijo ella bajando el arma.

Estaba temblando, tuvo el valor de apuntar la sien de su marido, pero de pronto sintió un amor infinito, compasión, ternura, miedo, cobardía y…, no pudo gatillar.