La impunidad se acaba tarde o temprano

“Yo no canto por cantar ni por tener buena voz,

canto porque la guitarra tiene sentido y razón,

tiene corazón de tierra y alas de palomita,

es como el agua bendita, santigua glorias y penas…”

                                                                                                             Víctor Jara

 

Posiblemente el cielo se haya encabritado y llorado protestando cuando Víctor nació, ya que los truenos y la lluvia eran habituales en la provincia de Ñuble al sur de Chile. Fue uno de los cinco hijos de la familia Jara-Martínez y pasó su niñez en el campo entre el cantar de su madre y el sonido de una guitarra que rondaba inquieta por la casa.

Por motivos que solo el destino sería capaz de descifrar, Víctor pasó de estudiante no tan aplicado a sacerdote sin vocación. Luego, a ser un soldado sin querer las armas y posteriormente a conformar el coro de la Universidad de Chile donde su participación en “Carmina Burana”, marcaría el inicio de su carrera musical.

Estudió en la Escuela de Teatro de la Universidad de Chile logrando poner en escena algunas obras de cierta importancia; después se daría cuenta que, entre el canto y el teatro, había encontrado la fórmula de protestar por un país mejor. Sobrecogido al ver con sus propios ojos que, indefensos ciudadanos fueron acallados con el fusil, llamaría la atención de todo el mundo con el tema “Preguntas por Puerto Mont”, composición donde hacía duras críticas por la masacre de Pampa Irigoin.

Víctor fue nombrado embajador cultural, pero cuando Augusto Pinochet tomó el gobierno por la fuerza, todas las protestas en forma de canción enmudecieron en el Estadio Chile, donde cuarenta y cuatro balas agujerearon su cuerpo torturado. Tenía apenas cuarenta años.

Una onda silenciosa siguió detrás de su muerte que duró casi treinta años, hasta que una denominada Comisión de la Verdad y Reconciliación registraría el crimen y perseguiría a sus asesinos. Vinieron homenajes tardíos, y con ellos quedó imperecedero su nombre en el estadio donde murió: “Estadio Víctor Jara” y en una placa colocaron su último poema: “Somos cinco mil”.

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Tres años más tarde, el conscripto José Paredes, cuyo miedo se volvió su compañera constante, habló de su participación en el asesinato; tenía tan solo dieciocho años cuando jugaba a ser mayor con el arma; le había fracturado las manos y el tórax a Jara para que nunca volviese a tocar la guitarra ni a cantar. Lo hizo con la complicidad de ocho oficiales más que lo torturaron sin piedad. Todos fueron sentenciados; sin embargo, el oficial Pedro Barrientos no se encontraba en Chile y él había sido el principal implicado y quien descargó el tiro mortal.

Las mujeres de Víctor, su esposa y dos hijas, fieles a la causa, permanecieron incansables en la búsqueda de justicia, hasta que después de cuarenta y tres años de la muerte de Jara, un tribunal de Florida halló culpable a Barrientos, quien se encontraba en los Estados Unidos de América, allanando así el camino a la extradición.

La impunidad se le acabó un día de junio del 2016.

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