Los desterrados

El 9 de octubre del año 3299, Medea fue condenada por homicidio.

—Tuve un arrebato de furia —declaró— porque no era la primera vez que él me maltrataba.

Sin embargo, no la comprendieron. Tampoco la creyeron, porque ella jamás lo había denunciado.

Esa noche fatídica, Medea, por fin, tuvo el valor de responder ante el agravio verbal de su pareja y antes de que maltratase su cuerpo puso el arma mortal en el lugar preciso para anular los golpes que tantas veces había recibido. Por ello, no tenía pruebas del constante abuso físico, y por más que argumentó que las huellas del maltrato, esta vez, no las llevaba en el rostro ni en el resto del cuerpo sino en el alma, el jurado la condenó a la pena de exilio.

La Tierra había pasado por un largo proceso de acendramiento luego de que las guerras diezmaran su población. Los países se organizaron para crear un nuevo gobierno, único y especial. Lo mismo ocurrió con la justicia; abarrotadas las cárceles, y con los alimentos cada vez más escasos, el poder absoluto decidió que el nuevo destino para todos los reos de alta peligrosidad fuese la Luna. Esta había pasado por una serie de fases de terraformación, lo que costó la mitad del oro del mundo. Los multimillonarios, quienes habían construido edificaciones monumentales y palaciegas con cúpulas presurizadas, hicieron el milagro de adaptar el espacio lunar y transformarlo en un paraíso romántico y exótico donde pasaban largas temporadas de vacaciones sin necesidad de utilizar vestimenta especial. Sin embargo, poco a poco el edén pasó de moda, hasta que el número de personas que iban a refugiarse al satélite se redujo a cero. Entonces el mundo encontró la solución: el nuevo destino de miles de millones de presos que atiborraban las cárceles del planeta, sobre todo aquellos que cumplían penas de treinta a más años, los de cadena perpetua y aquellos de penas acumulables que ascendían a más de cuarenta fueron los escogidos para desplazarse a la Luna; estos recibían el nombre de desterrados. Este nuevo orden regía desde hacía cincuenta años.

Medea fue conducida hacia la nave Botón de Fuego, carente de piloto. Otros cuarenta y nueve reos de todas las nacionalidades iban con ella. Cada uno llevaba mochilas con una dotación de alimentos y medicinas. Tendrían apenas cinco minutos para poder salir una vez que la nave alunizase. Debían sacar botellas de agua y alimentos para los demás desterrados que cumplían condena. Se pusieron los trajes adecuados, cascos presurizados para el viaje. Les habían dotado de pistolas blaster, estas últimas aún no sabían por qué debían llevarlas.

La nave tocó el polvo gris de la Luna. Inmediatamente todos se alistaron para salir, pero su marcha fue contenida por los ahora Selenitas, que peleaban, supuestamente, por apoderarse de las mochilas. La lucha era desigual: los recién llegados comenzaron a repartir puñetes, patadas para abrirse camino. Conscientes de que tenían escasos minutos para que empezara el proceso de destrucción de la nave, unos se defendían, otros trataban de sacar los alimentos y agua. Pero, «¿por qué no permiten que salgamos? Y ¿por qué no nos ayudan a sacar los alimentos que traemos?», se preguntó Medea, que había retrocedido ante la arremetida de los intrusos. Pronto tuvo que utilizar la pistola blaster, pues una mujer vino a su encuentro. Se veía en su rostro la desesperación y la angustia por conseguir alimento. Los ojos enloquecidos se posaron en la mirada marrón de Medea, quien supo que no había que sentir compasión. Era ella o la intrusa. Pudo salir airosa disparándole a la mujer, quien quedó atontada. Otros dieron el mismo tratamiento para poder salir. Era un nuevo desafío que debían enfrentar de ahora en adelante. Sobrevivir era el objetivo. Habían logrado sacar parte de la carga destinada a los presos cuando la nave emitió sonidos que anunciaban su destrucción. Este tañido fue en aumento hasta volverse continuo e insoportable. Tuvieron que abandonar la nave de inmediato, pasando por entre los cuerpos desmadejados de los Selenitas. La nave se convirtió en un botón de fuego y dejó una oleada de polvo y muchos de los cuerpos quedaron esparcidos, despedazados, achicharrados.

Medea corrió despavorida. Los cincuenta nuevos desterrados se agruparon y, asustados, vieron venir a otro grupo de presos. Cogieron fuertemente sus mochilas y se aglutinaron. El grupo pasó de largo. Con gran sorpresa vieron que iban al encuentro de los cadáveres dejados por la explosión. Obligados por el hambre, se habían convertido en caníbales.

«Hubo una época en que la humanidad se escandalizaba por el abandono de presos en la Siberia por parte de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS)», recordó Medea. Ahora, nadie sabía lo que pasaba en la Luna. Las naves que venían con los desterrados no tenían retorno, no había comisiones de investigación ni de derechos humanos. Medea repasó con la mirada lo que tenía delante: cerros cubiertos de polvo gris, hombres y mujeres como espectros caminaban sin rumbo. Avistó varias cavernas que parecían habitadas, se preguntó si serían las bases lunares de las que tanto había leído; los antiguos edificios y casas de la época plateada lucían deprimentes. El nuevo equipo humano tendría que buscar refugio y aprender a vivir de ahora en adelante en este suelo hostil. Medea acusó un leve temblor en el labio superior, le sucedía siempre que se ponía nerviosa. Movió la cabeza y respiró profundo. Ella era joven e inteligente; y quería vivir, tenía un objetivo y sabía que nada era imposible. Había leído muchos libros de faenas increíbles y se cubrió de coraje, solo tenía que empeñarse en soñar con el escape. «Porque el hombre no vive ni muere en vano», pensó. Era una frase de Herbert George Wells que ahora le parecía buena para empezar.

Entonces, dándose valor a sí misma, se adelantó y dio el primer paso.

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