Las armas de una mujer

Bertha estacionó el coche en una farmacia* de Wiesloch, un pueblo de Alemania. El boticario no se inmutó al verla, pues días antes le había proveído de lo mismo que hoy pedía con aplomo: Diez litros de ligroína, un solvente de petróleo utilizado como combustible para su auto. Ella, a sus treinta y nueve años, lucía un vestido estilo polisón a la moda de 1888, cabello recogido en un moño y cubierto por un sombrero grande con pañoleta que lo sujetaba y anudaba al cuello. A su lado, un carruaje de solo tres ruedas, una adelante y dos atrás, algo nunca visto, pues este se movía solo, sin ayuda de animal alguno. Sus hijos adolescentes Eugen y Richard la acompañaban y habían bajado del coche para estirar las piernas.   descarga

Mientras esperaba el pedido, ella sonrió al recordar que hacía tres días habían salido de casa en Mannheim, muy temprano sin decirle nada a su esposo a fin de realizar una aventura que confiaba tendría buenos resultados. Solo una carta encontraría Karl al despertar: «Nos vamos a Pforzheim a visitar a la abuela».

La idea ya la había tenido en mente y propuesto a su marido un día después de la demostración fallida del primer auto a motor inventado por este; el conductor había chocado con la pared y destrozado el auto. Karl, que solía ser apacible, se levantó del sillón al escucharla y dirigiéndose al armario para sacar una botella de vino descargó el puño en señal de reprobación.

—¡Es una locura! ¿Te das cuenta que nadie ha recorrido más de doscientos metros y siempre con auxilio mecánico?

—Sí, pero hay que intentarlo. No podemos darnos por vencidos.

Ella sabía que su esposo necesitaba un empuje. Karl era pésimo como negociante y se había frustrado luego de la demostración del “Benz Patent Motorwagen”. Además, a pocos kilómetros del hogar había otro competidor que había patentado un vehículo de cuatro ruedas y decían, más veloz. Si esa mañana ella le hubiese hablado de su decisión, él se habría negado; entonces, consideró que era vital atreverse de manera urgente a realizar el primer viaje largo: «¡¿Ciento cuatro kilómetros de ida?!», pensó. «Sí, era una locura».

—Mamá, ¿tienes ligas y horquillas de repuesto? —preguntó sonriendo Richard, sacándola de sus pensamientos.

—No te preocupes, hijo. Estamos bien equipados. Además, tomaremos otra ruta de retorno. La prensa ha ayudado con la publicidad, así que tendremos a muchas personas siguiéndonos.

La salida subrepticia; sin embargo, no había sido fácil, recorrieron un trecho y les faltó agua, tuvieron que conseguirla, no una sino muchas veces. No había mapas y las calles destinadas a carruajes con animales eran polvorientas y llenas de piedras, tuvieron que empujar en el ascenso de una colina y cuando fallaron los frenos de madera fueron a un zapatero para que los hiciera de cuero. Para reparar el sistema de ignición, ella se sacó una horquilla de cabello y, para desobstruir y limpiar una tubería de combustible, el alfiler de su sombrero. Recubrió un cable eléctrico pelado con la liga que sostenía una de sus medias. Nada la amilanaba hasta que pasó por la Selva Negra, una zona densa de árboles, desolada y oscura; le dio pavor y se alegró de haber traído a sus hijos mayores consigo. Al llegar a la farmacia de Wiesloch, Bertha pidió ligroína y agua. El boticario se asustó al ver a una mujer tan sudorosa y sucia; pensó que sería para limpiar su vestido y lavarse. «¿Tanto?», preguntó. «Es para el coche», contestó ella. No fue el único en sorprenderse, pues en el trayecto hubo mucha gente que gritaba y huía llamando al auto «el monstruo que echa humo» y se postraban a rezar pues creían que era el mismísimo demonio y que el día del juicio final estaría muy cerca. Algunos, salvando la sorpresa inicial, pedían un paseo de prueba.

Se demoraron doce horas, llegaron a Pforzheim al anochecer. El auto no tenía luces.

—De haber sido un hombre el primero en pilotear el coche no hubiese tenido los medios para solucionar los problemas. —Rio Bertha pensando que el plan de mostrar al mundo el invento de su esposo había tenido éxito.

—Cierto, mamá. Pero si no hubieses contado con nosotros no habrías podido empujar el auto sola.

Sonrieron.

—Señora Bertha Benz **, aquí está su pedido —interrumpió el boticario—. El tanque está lleno. Feliz viaje de retorno.

—Gracias. ¡Vamos!
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*Primera gasolinera del mundo.
**Primera persona en conducir un automóvil a larga distancia.

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