Penalti

cueva¡Qué estruendo! Doy una mirada rápida al estadio entero. Los espectadores parecen abejas multicolores. Zuum, zuum, zuum. No logro captar las letras de los cánticos. Las cámaras ubicadas estratégicamente me registran. Acaricio la pelota y la pongo en el punto de penal, a doce pasos del arco. Retrocedo y de pronto hay un silencio largo. Veo a mis compañeros tan lejos; sé que gesticulan algo porque mueven la boca, pero no los escucho. Oigo una voz interna que me marca el compás. ¡Debes meter ese gol! Mi corazón late presuroso igual que mis pensamientos: ¡Qué daría yo por enviar el balón al rincón de las ánimas, donde el arquero no pueda alcanzarlo! Mis manos sudorosas tiemblan, las piernas las tengo adormecidas. Recuerdo que caí abatido en el gramado por la patada intencional del adversario. El árbitro detuvo el partido al verme besando el pasto; este no estaba seguro de la falta y, haciendo uso por primera vez de la tecnología de video confirmó la infracción dentro del área. ¡Penal! ¡Penal! Gritaba enloquecida la hinchada. ¡Penal!, determinó este mostrando un punto invisible con el dedo índice de su mano derecha mientras que con la izquierda levantaba una tarjeta amarilla que brilló como oro a la luz del sol.

Muevo los brazos aflojando el cuerpo, doy pequeños saltos para activar las piernas, me vienen dudas cual latigazos: ¿Y si fallo? ¿Cuántos jugadores buenos y capaces antes que yo erraron el gol decisivo? Platini, Sócrates, Baggio, Palermo, Maradona, Neymar, Ronaldo, Messi. Muevo la cabeza desechando los malos pensamientos. Pienso en mi país, treinta y seis años de frustración esperando llegar a esta Copa del Mundo Rusia 2018. Este partido con Dinamarca lo ganaremos y, será la oportunidad de convertirme en un héroe. No, no debo fallar. Escucho la voz del Tigre Gareca, director técnico de la selección y de toda la afición peruana golpeando mis sienes: «¡Vamos, Cueva! ¡Tú puedes!».

Vuelve el estruendo a mis oídos, el pitazo agudo del árbitro me duele hasta la última célula del estómago. Corro hacia la pelota decidido, pateo y el grito de gol se extingue en las gargantas.

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