El robot y la doncella

«Era más que un simple robot», decía el titular de un periódico local. Yo lo sabía y sentí orgullo.

Una tarde de invierno lo conocí a la salida del Conservatorio Nacional de Música, yo cargaba mi violonchelo y me agolpé con curiosidad al grupo de personas que observaban algo con interés; era un hombre estatua, uno de los tantos que comenzaban su trabajo al caer el sol colocándose en fila por la amplia calle peatonal llamada Ucayali, en el centro de Lima. Estaba de pie, inmóvil, con un disfraz hecho de cajas de cartón de diferentes tamaños pintadas de gris oscuro, una antena en la cabeza y mitones blancos, los zapatos eran dos cajas rectangulares forradas de negro. «¡Mira un robot!», gritó un niño. «Mamá ponle un sol para que se mueva». La madre colocó la moneda en el plato y el robot empezó a mover brazos y piernas simulando una marcha, luego giró la cintura de un lado a otro mientras se prendían coloridas luces de su traje gris. La antena, sobre su cabeza cuadrada, encendió una luz amarilla intermitente. «¡Bravo!», aplaudieron todos. Echaron más soles. Entonces él cogió un violín que tenía al lado y tocó. «¿¡Qué!?», dije sorprendida. El sonido del instrumento no era cualquier cosa, sus matices suaves combinados con los sonidos agudos componían una melodía hermosa. Tocaba como los dioses. Aplaudí a rabiar y él me miró; apenas podía ver sus ojos por el pequeño hueco de la caja. Dejó el violín y se quedó inmóvil de nuevo. Me ruboricé, pues mi entusiasmo no fue compartido por los demás. Hui del lugar.

Dos días después, volví a encontrarlo haciendo lo mismo; un grupo de personas, sobre todo niños, eran su público. Cuando terminó, agradeció a todos y en vez de empezar su rutina y ponerse inmóvil, se dirigió a mí y dijo:

—¡Hola! Me acuerdo de ti, hace dos días me aplaudiste mucho. Gracias.

—Es que tocas muy bien el violín. Yo soy estudiante de música y sé cuándo lo tocan de maravilla. ¿Por qué haces esto?

—Porque me gusta. ¿Has visto los niños cómo se divierten?

—Sí, claro.

—A ellos poco les importa la música. Ellos gozan con el robot.

—Tienes toda la razón, pero tú podrías tocar en la Sinfónica Nacional, sin problemas.

—Lo hago.

—¿Lo haces? Entonces, ¿por… —callé, iba a preguntarle lo mismo que ya había respondido.

Me dijo que se llamaba Carlos y me invitó a un restaurante cercano, pero antes se quitó toda la parafernalia. Era delgado, alto, los enormes ojos negros me parecieron más vistosos sin el armazón, el cabello lacio caía sobre su rostro trigueño claro. Me encantó su sonrisa franca. Me enamoré de él en ese instante. Él se demoró un poco más para pedirme que fuera su enamorada, su novia y luego su esposa.

Yo era madre soltera, tenía una hija de cinco años y, él ansiaba ser papá, pero no iba a tener descendencia debido a las paperas que tuvo de niño; por ello, le encantó que yo fuese madre.

Ya casados, postulé a la Sinfónica y me recibieron. Por fin los dos estábamos trabajando juntos. Él seguía con su labor en las calles. «Yo voy a ser siempre un robot para las personas que quieran verme», decía.

Vino a Lima el gran cantante de ópera Juan Diego Flórez para montar “La hija del regimiento” de Donizetti. Carlos fue escogido. Pero una noche, cuando volvíamos al hogar, vimos a los bomberos dirigirse hacia nuestro vecindario. Corrimos junto con otras personas. Era nuestra casa que se incendiaba, mi pequeña y mi madre estaban aún adentro. Carlos no lo pensó ni un segundo, entró a la casa, sacó a mi hija y luego volvió por mi madre mientras los bomberos mitigaban el fuego. En un último esfuerzo logró llegar a la entrada, había cubierto a mi madre con una manta húmeda con la que también protegió sus manos, más no su rostro. Fue llevado al hospital, necesitaría de muchas cirugías para completar su recuperación. Yo cubrí de amor todos sus días. No pudo tocar en el concierto, pero Flórez aseguró que la próxima vez lo haría.

La siguiente puesta en escena fue “El robot y la doncella”. Carlos aún no estaba listo para que lo vieran, pero sí para que lo escucharan. Se vistió de robot y tocó como lo sabía hacer.

A la mañana siguiente los periódicos pintaban sus páginas: «El robot y su violín se llevaron el aplauso del público. Flórez brindará una entrevista, pero nos tiene vetado ver el rostro del robot. ¿Por qué? ¿Qué secreto esconde? Él nos lo dirá».

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3 comentarios en “El robot y la doncella

  1. Pingback: El robot y la doncella | Mujer turquesa

  2. Charito Allpa, qué alegría leer tu obra.
    Tu narración la he sentido tan real… El final me deja con ganas de querer seguir conociendo más de lo compartido.
    Te felicito!!!

    Le gusta a 1 persona

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