Una vena de lavanda

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Repasé mentalmente la mañana del último veintiocho de junio cuando los rayos del sol nos llegaban tibios y la algarabía reinaba en el grupo. Multitud de pies avanzaban acompasados y nuestras manos enarbolaban estandartes multicolores. Íbamos dejando el aroma a lavanda por las calles llenas de historia del barrio de Greenwich Village. La gente, apostada en las veredas, curvaba sus labios y aplaudía.

Extendí una larga línea imaginaria que me llevó por claros y penumbras hasta llegar a la antigüedad, a ese tiempo en que todos éramos aceptados. Luego, divagué por siglos de silencio y ocultamiento porque los comprometidos con el evangelio nos llamaron pecadores y fuimos echados a la hoguera sin piedad. Culpados de enfermedades y pestes; más tarde, acusados de delincuentes y condenados a prisión, castrados o medicados con pastillas para ser “normales”. A pocos años de ahora, los científicos opinaron que éramos enfermos mentales y, con rezos, bendiciones y electrochoques fuimos confinados a instituciones psiquiátricas.

¿Hicimos daño a alguien, alguna vez?

Moví la cabeza negando al tiempo que escuchaba:

—Juan. ¿Aceptas como esposo a José Montes?

—Sí, acepto —respondí, con orgullo.

Me pellizqué la mano y exclamé:

—¡Esto no es una utopía!

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