Ascendencia

Vannia                                                                                                                 Dedicado a mi hija, Vannia.

La experiencia más alucinante y maravillosa, puedo decir con justeza, fue cuando nació mi hija. Desde el embarazo todo fue bastante sui géneris. No tuve los síntomas clásicos, es decir, no hubo náuseas, vómitos, ni mareos; por lo tanto, no bajé ni subí excesivamente de peso. Fui un ejemplo de cómo se debe llevar una buena gestación, con resultados de análisis y presión arterial normales, sin edemas, sin cloasma, ni cansancio ni sueño; por el contrario, desarrollé un cuerpo fuerte, contorneado y, hasta los siete meses no tuve necesidad de usar ropa de maternidad. Mi piel se blanqueó, mi cabello largo y ondulado se puso más leonino y jamás tuve una imagen tan sexy como cuando estuve grávida.

Cuando llegaron las primeras contracciones supe que el parto estaba en camino. Vivía a escasas siete cuadras del hospital, así que cogí mi maletín y me lancé a la calle a caminar.

—¿Estás loca? —dijo mi madre.

—No —respondí—, no quiero que me evalúen y digan que no estoy en trabajo de parto. Me regresarían a casa. Caminar será de gran ayuda.

Me dirigí hacia la amplia avenida entre contracciones que iban y venían, respiraciones con inspiración profunda y espiración lenta. Iba deteniéndome en los jardines de la alameda aspirando el aroma de las flores, sintiendo el viento suave en mi rostro, conteniendo el temor de ser primeriza en estas lides. La gente transitaba despreocupada, los automovilistas pasaban ajenos a mi estado y pronto llegué a mi destino. Después de la evaluación me pasaron al ambiente de trabajo de parto.

«La sala de partos es, sin duda, lo más cercano a un salón de torturas», pensé. Los quejidos, gritos y llantos de las parturientas se confundían con las arengas del personal que de manera demandante decían: puje, respire, aguante la respiración, no puje. ¡Qué pandemonio! El olor a sangre unido al del desinfectante dieron cuenta de mí como la nueva víctima y pensé con absoluto temor: «¿Cuándo estaré como las demás?».

Los dolores eran fuertes, pero pasajeros y me concentré en lo transitorio de estos. Así que, cuando venía el alacrán presionando con sus garras mi abdomen, sabía que bien pronto me iba a soltar y todo iba a volver a la calma. Pero, el clamor de otras víctimas hacía que yo me preguntara: «¿Cuándo llegarán los dolores más fuertes?».

Nunca llegaron, lo que arribó fue el irresistible deseo de pujar. Entre sorprendida y asustada llamé al médico y este dijo:

—No hay tiempo. Tendrá su bebé en la cama. Puje por favor.

—No tengo ganas —contesté.

—Entonces creo que puede caminar.

Caminé airosa hacia la mesa de partos, pero antes de acomodarme en ella, sentí una contracción tan fuerte que mis piernas se doblaron y, cuando iba a quedarme en cuclillas recordé lo mucho que se criticaba a las parturientas cuando adoptaban esta posición. Comprendí lo injusto del hecho, pues el instinto señalaba ser la más natural.

Instalada en la mesa de partos, pujé y salió mi pequeña hija al mundo exterior llorando fuerte, moviendo brazos y piernas vigorosamente. Sentí el acto como un milagro y se me humedecieron los ojos. ¿Cómo una mujer puede tener dentro de sí la vida de otro ser? ¿Es que tenemos una facultad natural, grandiosa de crear vida? No salía de mi asombro cuando me la dieron y sentí un calor movedizo entre mis brazos. La miré, estaba rubicunda e intentaba abrir los ojos sin conseguirlo. Pronto, se acomodó y se quedó tranquila, creo que se durmió. Yo también quise descansar y no sentí cuando se la llevaron.

Dormí toda la noche. Al día siguiente me la trajeron. ¡Estaba hermosa! Quizás para una madre todos los hijos sean agraciados, pero la mía, realmente lo era.

La familia reunida trataba de encontrar algún parecido entre los ancestros de uno u otro. Pero, mi hija no se parecía a nadie, ¡era tan blanca!, con un mechón de pelo ralo y las cejas rubias no indicaban que se pareciera a mi familia, tampoco a la de mi pareja, aunque quién sabe. Yo siempre me había adjudicado una raza andina. Cuando me preguntaban por el origen de mi apellido mencionaba que era autóctono. Me miraban, levantaban una ceja para luego aceptarlo. Sabía que mi aspecto más parecía asiático por el epicanto en mis ojos, pero el cabello ondulado descartaba esa ascendencia. Blanca no soy debido a las pecas y manchas que cubren mis mejillas, pero nunca me hice problemas en indagar mi origen, hasta que mi papá exclamó:

—Se parece a su tía.

—¿Cuál tía? —interrogué.

—Petita Apello.

—¿Quién es Petita Apello? —preguntamos todos sorprendidos. Jamás habíamos escuchado tal nombre y tampoco nunca mi padre había dicho que tuviésemos algún familiar italiano.

—Petita era italiana y… —balbució, sin convencimiento.

Nos reímos, pero nos reímos tanto que mi padre no dio ninguna explicación más.

Pasaron los años y siempre quise saber de esa tía Petita, pero mi padre selló sus labios y, nunca más aceptó preguntas al respecto. Mi hija creció y se incorporó al Ballet del Teatro Municipal de Lima. Cuando iba a verla bailar, la luz del escenario seguía su cuerpo níveo, su rostro armonioso, de nariz recta, algo respingona, ojos grandes, un poquitín achinada. Se deslizaba tan etérea haciendo piruetas y pasos difíciles, a la vez que delicados y con gracia. Entonces, recordaba a mi papá, que quizás tuvo razón, que tal vez hubo una tal Petita y Allpas derivó de Apello, pero nosotros, no lo supimos escuchar.

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10 comentarios en “Ascendencia

  1. Bella y conmovedora historia, tu pequeña convertida hoy en una mujer siguió lo que ama con el acompañamiento de una madre valiente y decidida ,tenía que ser,recuerdo que algunas veces disfrutamos de su talento en el lugar donde trabajamos amiga. !!!felicitaciones!!cultivar el arte y la cultura en esos momentos no siempre se veian.
    Feliz cumpleaños,y para ti amiguita siempre bella ,felicitacione!!!!!!!Disfruten el día a celebrar¡¡¡¡¡

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  2. Hermoso tu relato sobretodo cuando se trata de nuestros hijos. Pecado q hasta ahora no he podido asistir a alguna presentación de Vannia, pero se volverá a presentar la oportunidad y ahí estaré. Me encantó tu hermoso relato vivido. Besos

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  3. Excelente y conmovedor relato mi querida Charo .
    Qué manera tienes de describir la llegada de tu hija .
    Escribes con una naturalidad hermosa y con un vocabulario digno de una mujer culta como tu .
    Felicidades Charo sigue escribiendo tienes dotes de escritora Definitivamente .

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  4. Vannia y yo fuimos amigas en el colegio. Sigo con admiración y orgullo sus logros. Qué lindo relato! Ahora veo de donde tiene esa elegancia y fortaleza. Un abrazo grande y felicitaciones a ambas!

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