El mentiroso

mentiroso1_rallpasLa fiesta se encontraba en su punto máximo, las parejas bailaban al son de la música y pronto la comida iba a ser servida. En ese momento, Mario apareció, vio cómo estaba el ambiente, invitó a una chica a bailar y le preguntó si era amiga de la novia.

—No, —respondió ella— soy hermana del novio. ¿Y tú?

—¡Oh! Yo soy el amigo de un amigo de tu hermano.

—¿De quién? ¿Cómo se llama?

—José.

—Debe ser José López.

—Sí, ese mismo.

—Él no vino. Viajó.

«¡Uf! Tuve suerte esta vez», pensó.

Mario acudía a casi todas las fiestas sin ser invitado. Joven, apuesto, extrovertido y de buen vestir. Tenía un cúmulo de modalidades para presentarse a cuanta ceremonia acontecía en la ciudad y siempre le ligaba. Una serie de mentiras habían hecho de él un profesional del embuste y se ufanaba de ello. Así, conseguía disfrutar de la buena música, comida y bebida. Era capaz de hacerse pasar por abogado, maestro, bombero, oficinista, enfermero, según la situación lo requiriese. Cada fin de semana se emperifollaba para participar de cualquier celebración.

Una noche entró a una casa palaciega. Pensaba que era una boda y se sorprendió que fuese un velorio. La gente, bastante numerosa, se agolpaba en la puerta; unos hombres lo revisaron y preguntaron de dónde conocía al difunto. Él, consuetudinario en el arte del engaño, les contestó:

—Soy amigo de la infancia.

—¿Ha traído su pase?

—No. Pensé que la familia me reconocería.

—La familia está adentro, en la capilla. Pronto empezará la misa. ¡Bienvenido!

La pequeña iglesia era hermosa, engalanaban sus paredes los cuadros del vía crucis con inscripciones en latín. El cuerpo del difunto descansaba en un ataúd de fina madera con adornos áureos. Al término de la misa salieron algunos al jardín. Otros fueron a recorrer los ambientes de la casa. La biblioteca, que quedaba al lado del salón principal, atrajo el interés de Mario, quien entró a admirar las obras que en los próximos días serían donadas a la iglesia de Santa Rita; esto lo indicaba un cartelito a la entrada. Le llamó la atención un diccionario de latín con letras doradas, una Biblia, al parecer, antigua y otros libros de pasta gruesa y elegante cuyos títulos quiso averiguar. Su curiosidad fue cortada por el toque de una campanilla anunciando la cena.

Todos fueron trasladados a los amplios comedores. Él, circunspecto, porque el hecho lo demandaba, fue a sentarse con un grupo de hombres que al parecer eran amigos del difunto. «Tanto mejor», pensó. «Con la familia, no».

Empezaron a servir la comida. Un hombre tocaba el piano, las notas de la melodía se deslizaban tímidas ocupando el ambiente. Mario se sentía satisfecho, el aroma y sabor del asado, las salsas de finas hierbas resultaron una exquisitez. Las conversaciones iban y venían de un lado a otro; entonces, los vecinos de asiento le preguntaron:

—¿Cómo conociste a Edgar?

—¡Oh! Fuimos amigos de la infancia.

—¡Qué bien! ¿Del colegio?

—Sí. Jugábamos fútbol…

—Pero, a él nunca le gustó jugar fútbol.

—Bueno, sí. Nos obligaban a hacerlo. Ustedes saben, el curso de educación física.

—No te hemos visto antes. ¿Acaso eres de la brigada secreta?

—Sí, claro.

—Entonces…, trabajas para el Chapo.

—Sí.

En ese momento, hizo su aparición uno de los más importantes personajes buscados por la policía. Mario lo reconoció, pues el sujeto había salido en la televisión en un despliegue del informativo, incluso con un antifaz. El hombre, sombrío, muy bien vestido, se sentó con la familia. Se excusó de no poderse quedar mucho tiempo porque…

Demasiado tarde. La policía había rodeado el palacete. Entraron con orden de la autoridad competente y se lo llevaron, no solo al individuo con requisitoria, sino a su séquito más íntimo, a los de la brigada secreta. Identificaron a Mario, pues él mismo había confesado su pertenencia y muchos lo corroboraron.

Se necesitó una pequeña fortuna para desligarlo del grupo de traficantes de drogas. Un puñado de buenos amigos tuvo que probar que Mario no era culpable. El principio de presunción de inocencia* aún no entraba en vigor; por lo tanto, tuvo que pasar algún tiempo en la cárcel.

Al salir, le devolvieron su antigua ropa que dormía en el casillero de la penitenciaría. En el bolsillo de su saco encontró una entrada al cine, de hacía casi tres años. Se le cayeron unos lagrimones que los hizo desaparecer de un manotazo.

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*Principio de presunción de inocencia: Toda persona es inocente hasta que se pruebe su culpabilidad.

 

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